domingo, 19 de octubre de 2008

SERIE: EL SANTO EVANGELIO SEGÚN LOS SANTOS EVANGÉLICOS Ministerios Renacer El Síndrome del yo-yo

Daniel 3:1- 6: El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos (27 mts. Aprox.), y su anchura de seis codos(2.7 mts. Aprox.); la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia.
Y envió el rey Nabucodonosor a que se reuniesen los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado.
Fueron, pues, reunidos los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado; y estaban en pie delante de la estatua que había levantado el rey Nabucodonosor.
Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas,
que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado;
y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.

La regia estampa de Nabucodonosor, realzada con vestimentas de Carmesí traído desde las costas de Tiro y Sidón, servido por esclavos cusitas, quienes le llevaban en andas y le resguardaban de los rayos del sol, y acompañado del séquito de Ministros y Gobernadores de las tierras conquistadas por su ejército, guerreros de Ur, de Nippur, de la ciudad real de Babilonia, de las tierras del reino de Mittani, de mercenarios heteos, arameos, escitas, sármatos, resaltaba en medio de todo su pueblo cuando él se presentaba imponente a infundir su majestuosa presencia real.

Pero para el ego real eso no bastaba. Su corazón se había engrosado tanto que ya consideraba ser adorado como un dios. ¿Acaso no era él quien había conquistado y destruído a los fieros, crueles e implacables asirios, cuyo imperio hacía temblar de temor los reinos…?

¿ Acaso su reino no hacía correr a él embajadores de paz de los reinos de Egipto, Media, Persia, Elam, Sagartia, Partia, Siria, Arabia, Fenicia, Tubal, Urartu, y otros…?

La historia humana es muy interesante y atrayente.

Y esta historia no termina allí, porque sabido es el resultado de la soberbia de este rey, a quien Dios mismo humilló y luego restableció, ya no “para la gloria de su grandeza”, sino para honrar a Dios, quien “puede humillar a quienes andan con soberbia…”

Y aunque parezca algo extemporáneo, no puedo evitar recordar el comienzo del estribillo de una canción que escuché cuando niño: ”La historia vuelve a repetirse…”

Lamentablemente en la Iglesia de Cristo también hay pequeños Nabucodonosores en ciernes.

Hombres y mujeres acostumbrados a que satisfagan sus caprichos, a que les presten la debida atención siempre, a ser el centro de mesa en toda conversación o reunión. ¡ Y pobres de quienes no les presten real atención a sus aburridos y repetidos libretos…!, mejor les fuera a los tales no haber estado allí, pues serán apabullados.

En cierta ocasión estuve trabajando en Linares unos meses, y, como era ciclista en la ciudad de Diego de Almagro, casualmente el mismo color de chaquetas, acompañé a los hermanos locales a una Confraternidad en Los Angeles, allí una de esas noches de conversación estaban varios contando sus testimonios, y aún no terminaba un hermano de hablar cuando otro se le vino encima, diciendo: “¡ Eso no es nada, hermano, usted era un niñito de leche…, yo sí que era malo…!”, y comenzó a mostrarle cicatrices de tajos y cortes…¡ A nadie le quedaron ganas de decir nada esa noche ¡.

Y esto es solo una muestra de la actitud de este síndrome malsano del yo-yo.

Hemos visto uno de los síntomas del síndrome, pero la enfermedad ya ha sido gestada en ese corazón.

Cuando oramos a Dios y le decimos frasecitas como: “Yo quiero, yo deseo, yo necesito”, o cosas como:”Si Tú haces esto, yo haré aquello, si sanas a mi hermano, yo te haré el honor de ir a las prédicas a la calle…”, y aberraciones como aquellas, estamos poniendo nuestros intereses egoístas por delante, lo que evidencia nuestro síndrome. ¿Es ésa la manera que tenemos para orar a Dios Todopoderoso...?.

Cual Nabucodonosor, nos olvidamos que el Evangelio, que Dios mismo, no están para nuestra disposición como un reino para un déspota egoísta, sino que somos SIERVOS de Jesucristo, estamos para hacer lo que Dios, a través de su Espíritu Santo, nos mande a realizar cuando Él quiera y donde Él quiera. Estamos para ser humildes servidores de Dios, no para ser servidos o admirados, aunque en el mundo hayamos sido unos aberrantes seres, la Gloria siempre será para el Señor que ha podido transformar un corazón tan despreciable, y no podemos exaltar nuestras maldades en desmedro de las cosas maravillosas que Dios realiza en nuestras vidas.

¿Acaso los enfermos en los hospitales se jactan de sus enfermedades...?, ¿o alaban al doctor quien tiene el mérito de ser un hombre especializado para poder sanarles...?.

Muchas veces los cristianos se transforman en niños malcriados que si Dios no hace lo que ellos quieren, hacen de su frustración una cruz, o bien, derechamente le proponen a Dios algo a cambio de que el Señor haga la caprichosa voluntad de ellos.

Qué distinto al profeta, quien exclamó: Miqueas 7:7: Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá.

¿ En qué estamos, entonces…? Inequívocamente leemos:.

1Co 1:26- 31: Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles;
sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.
Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.

Elidio

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