domingo, 9 de noviembre de 2008

¡...PARECIERA QUE FUE AYER...!

En cincuenta años, el mundo ha ido cambiando aceleradamente. La ciencia y la tecnología han progresado de manera admirable. Lo que se logra actualmente en los campos de la medicina, la ingeniería, la informática, la electrónica, nos deja maravillados. Tenemos a nuestra disposición todos los adelantos logrados en estas últimas cinco décadas, pero mientras la ciencia y la tecnología han evolucionado, el hombre, parece que ha ido en retroceso.

Hace cinco décadas, los niños no tenían juegos de video, ni televisión por cable, pero eran niños obedientes a sus padres y maestros, respetuosos. Los niños vestían como niños, los varoncitos usaban pantalón corto y era un orgullo y un acontecimiento familiar, cuando llegada la pubertad, cambiaba a pantalones largos. Las niñas, vestían como muñecas, jugaban a la casita y ensayaban el papel de una buena mamá. Dejar las calcetas para empezar a usar medias, era también todo un emocionante acontecimiento, cuando se hacían mujercitas. Los niños podían salir a jugar a la esquina con sus vecinitos. Organizaban una "cascarita" y echaban todas sus energías en el juego. Las niñas jugaban a la ronda y a saltar la cuerda. Los niños y niñas de antes, eran protagonistas de sus juegos, respiraban aire puro y no tenían ningún temor de que estuvieran siendo observados por un pedófilo o un traficante de droga al menudeo.

Los adolescentes de antes tomaban en cuenta a sus padres, respetaban a sus maestros, no llevaban drogas a la escuela ni tampoco armas. Se reunían en la fuente de sodas del barrio a tomar malteadas y a escuchar música en la rockola. Salían sobrios de allí. La vestimenta de las chicas no requería que se les viera el ombligo. El peinado de los chicos no requería que el cabello apuntara hacia el cielo. Tampoco les encantaba tatuarse ni agujerarse por todos lados. Los chicos llegaban antes de las doce a casa y las chicas, antes de las diez. Si un chico estaba interesado en una chica, iba a casa de sus padres y pedía permiso para salir con ella, invitarla al cine o a merendar.

Las mujeres casadas estaban siempre cuidando de su casa y sus hijos. No existía la píldora del ayer ni la de la semana que viene. Cuando el esposo llegaba del trabajo, encontraba una esposa que lo esperaba con la comida recién hecha, no congelada ni recalentada en micro ondas, una casa limpia y ordenada y unos hijos respetuosos que corrían a saludarlo.

Las solteras vivían en la casa paterna y respetaban los horarios y reglas de la casa. Si salían pedían permiso y jamás pasaban la noche afuera, a menos que fuera por una pijamada en casa de alguna amiga.

Los hombres cedían el asiento a las mujeres en el autobús y daban el paso a la gente mayor. Les abrían la puerta del auto a sus esposas y les acomodaban la silla en el restaurante. Les daban el brazo para cruzar la calle y ponían su chaqueta sobre los charcos de agua...

¡Ah, qué tiempos aquellos!, dirán muchos. En el mundo de hoy, se han perdido los valores y las buenas costumbres, esas costumbres que a los jóvenes les parecen aburridas y pasadas de moda, eran costumbres donde reinaba el respeto y la atención hacia los demás. La familia era más unida, se respetaba el matrimonio y los niños crecían en medio de un ambiente donde se sentían amados, seguros y protegidos.

¿Qué le ha pasado al mundo? Este mundo de hoy es un mundo que cada vez está más lejos de Dios y de las cosas que agradan a Dios. Es un mundo lleno de materialismo, de promiscuidad, de egoísmo, de irresponsabilidad moral y carencia de buenos principios. Estamos viviendo tiempos en que la gente busca desesperadamente en qué creer, pero equivocan su camino, cayendo en sectas o filosofías esotéricas, las cuales abundan. Algunos dudan de Dios, otros atacan descaradamente la jerarquía de Dios y ponen límites a Su poder. El mundo que se está preparando para nuestros nietos, si es que no viene antes el Señor, es un mundo lleno de peligros, tanto morales como físicos. No podemos hacer mucho para que cambie globalmente, pero sí podemos hacer que en nuestros hogares, nuestras familias conserven costumbres basadas en el amor, respeto y consideración de los unos por los otros. Pero sobretodo, como cristianos, debemos enseñar a nuestros hijos que la Palabra de Dios es el manual de conducta que deben aprender para toda su vida, independientemente de la moda y todos los avances que existen y vayan a existir, porque Dios no cambia y Su Palabra tampoco. Podemos ir con la época, renovar nuestros conocimientos, aprender, actualizarnos ante lo que nos ofrece la ciencia y la tecnología, pero nuestro pensamiento, nuestro ser interior, debe seguir las enseñanzas de aquel que vivió hace más de dos mil años atrás, sin temor a parecer pasados de moda.

"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" Hebreos 13:8

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