martes, 14 de julio de 2009

DISFRUTAR LA VIDA EN CRISTO



"¡Volver a los 17...!", rezaba la letra de la canción.
Muchos de nosotros hemos deseado más de una vez volver atrás en nuestra vida, precisamente a la edad más vulnerable frente a ella, cuando no sabemos a ciencia cierta quiénes somos, qué queremos para nuestra vida, y donde el carácter todavía no se define en nuestra personalidad. Sí, volver, pero con la experiencia que poseemos ahora, desde los 40 o 60 años. En mi caso particular desde los 50.
¡Qué cantidad de cosas serían distintas...!. Dedicaría más de mi tiempo a consagrarme a Dios con una mente lúcida y fresca, con la plenitud de fuerzas que me diera la juventud. Con el entusiasmo y energía que me otorgara mi cuerpo incansable.
Pero..., me he hecho necio al pensar siquiera de esta manera. En Eclesiastés 7:10 encontré las palabras claves para esto: "Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que éstos?. Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría".
Por tanto, vuelto a la realidad nuevamente, a mis 50 años, los que ya no me hallan con un musculoso cuerpo, pero sí con un corazón dispuesto para obedecer, más que para preguntar porqué; para realizar mis proyectos, más que para preguntar cómo hacerlo; para aconsejar a otros, más que para buscar orientación; para levantar al caído, más que para criticar las faltas de otros; para depender de Dios plena y convencidamente, más que para llevar un evangelio basado en mis conocimientos; para conversar decididamente buscando consejo a solas con el Señor, más que para seguir a los hombres; en fin, para entender que soy un hombre inútil de verdad sin la gracia del Señor en mi vida, sin meros formulismos ni declaraciones hipócritas, sino con el pleno convencimiento de que la única manera de ser útil y fuerte, sabio y entendido, es cuando me dejo llevar en las manos del Maestro, sin poner un ápice de mi persona, sino dejándolo a Él realizar todo.

Allí es cuando la merecida gloria se la lleva Él.

¡Bueno..., la verdad es que toda la gloria es merecidamente para nuestro Dios siempre!, de otra manera, ¿cómo nos atreveríamos siquiera a llamarnos sus siervos...?.
Reconozco, es verdad, que a veces soy un hombre muy debilucho, pero es entonces cuando Él se agiganta en mi vida, insuflándome fuerzas sin medida, y ese frescor característico en el alma que sólo puede darme Él.

Otras veces, que he creído ser un poco fuerte, ha tenido que venir en mi socorro y, recostado en su amable pecho, he recibido el consuelo para no sentirme arrasado por el sentimiento de fracaso.
Ya no corro, es verdad. Pero camino más firme, como mirando bien donde pongo el pié.

Es que, aunque el Camino es recto, no siempre está exento de baches y tropiezos en él. Sin embargo, aún en la más oscura noche puedo avanzar premunido de aquella Lámpara que Él me ha provisto de su boca. ¡Ah, qué gratas luces ha traído a mi alma su Palabra...!. Ha espantado todas aquellas sombras que muchas veces quisieron apagar mi fé.
La mocedad se ha marchado, ya lo sé. Mas la calma de los años me solaza en su Presencia casi siempre.

De verdad Él es Omnipresente, hoy lo comprendo. Me ha hablado y consolado desde la sonrisa y los ojos de un niño muchas veces. ¡Con qué ternura sus palabras me han tocado...!, y yo, mudo de admiración me he quedado pasmado con el corazón derretido en gratitud.
Otras veces, sublime, ha venido a mí desde los labios de ese hermanito que predica tan nervioso y tan poquito porque no se siente digno. ¡Cuántas veces, reteniendo el llanto, le he oído en las palabras de un desconocido cuando busco una respuesta...!.

¿Cómo es que haces, oh, Señor, para abismarme con esa tan simple grandeza?, me pregunto cada vez, mientras mis ojos lloran, incansables, tal vez para limpiarse un poco de este mundo.
Ya no poseo, es la verdad, ni las fuerzas, ni el vigor de antaño, pero la posesión más valiosa de mi vida, Cristo, no solo vive en mí, sino que lo llena todo. Todo lo que veo, todo lo que siento, todo lo que está aún más allá de mi entendimiento y cognitividad.

Ahora sí entiendo ese corito que tantas veces canté en la Iglesia de Diego de Almagro, cuando mis hijos eran pequeños y yo un inquieto joven. Ahora me deleito en meditarlo:
"Aunque soy pobre, pero lo tengo todo..."

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