martes, 14 de julio de 2009

TESTIMONIO DE VIDA CRISTIANA



Queremos dar a conocer un bello testimonio de vida publicado en la revista "El Despertar" Nº 70, de Abril-Junio de 1997, página 19, el cual tratamos de transcribir íntegro, salvo algunas ediciones gramaticales que ameritaba, la cual figura bajo la autoría de C.B.O., pero no especifica la congregación a la cual pertenece.
Entregamos la transcripción del artículo citado:


"LAS COSAS QUE EL DIOS ALTISIMO HA HECHO CONMIGO, CONVIENE QUE YO LAS PUBLIQUE" (Nabucodonosor, rey de Babilonia)


Hay hermosos testimonios, algunos de los cuales, una vez oídos, no se olvidan tan fácilmente. Al menos esto es lo que me aconteció a mí, y creo que a usted le pasará algo similar al conocer la historia que relataré a continuación. El hermano que cuenta este tan valioso como bello testimonio, comienza de la siguiente manera:
Mi padre era Jefe de Coro en una congregación de un pueblito llamado Lota, de la provincia de Concepción, Chile, donde se ubican las minas de carbón.
El Templo donde él ácudía era grande, y la congregación numerosa, y mi padre tenía a su cargo alrededor de 50 hermanos coristas.
En nuestro hogar había tanta pobreza que, en ocasiones había apenas para poder comer, y en otras no había nada para alimentarnos, por lo que algunas veces él se iba para el trabajo sin nada para comer allí. A pesar de estas cosas, mi padre nunca se apartó del Señor por ello, y aunque a veces llegaba con hambre a la Iglesia, allí estaba frente a su coro, cantando alabanzas a Dios.
Los hermanos, al verle, decían entre sí:- "¡Qué contento está el hermano David...!" -. Aunque en otras ocasiones los mismos hermanos le preguntaban el porqué de su palidez, la cual era porque muchas veces no se alimentaba, pues no tenía nada para comer.
Pasó cierto tiempo, y llegó el día en que Dios le habló, diciendo:- "¡Mi siervo, yo te voy a bendecir..., porque he visto con qué amor me sirves...!" -, pues el Señor veía fidelidad en él, aún a pesar de toda la pobreza que le afectaba. En algunas ocasiones llegaba a congregarse con un vestoncito de mala muerte, empapado por la lluvia, el cual se secaba sobre su propio cuerpo mientras ministraba al Señor al frente del coro.
Fué así que a los tres meses de que el Señor le había hablado, un jefe de la empresa donde él trabajaba se acercó y le dijo:- "David..., no sé porqué, pero me caes en gracia..., y sucede que aquí en la empresa se han abierto unas postulaciones para ascender a mayordomo..., y bueno, yo quiero pagarte los estudios a tí" -. Tras esta conversación, mi padre se fué a estudiar el curso a la capital, Santiago de Chile, y, al cabo de dos años, regresó al pueblo de Lota y a la empresa con el título de "Mayordomo de Seguridad".
Al obtener su primer sueldo se compró un buen terno, al cual le sucederían varios más. Aquella casa que ya se caía con el viento de arruinada se dejó, y aquellos "muebles" en los cuales ya no cabía otro clavo fueron a dar a la basura, para habitar un lindo chalet amoblado.


ANTES DE LA CAIDA, ES LA ALTIVEZ DE ESPIRITU
Sucedió, a todo esto, que mi padre comenzó a guardar todas estas posesiones en su corazón, y a disminuir su fidelidad y devoción a Dios. Ya no era aquel hermano que asistía continuamente a congregarse, y poco a poco se fué alejando de la casa de Dios y de su fiel servicio al Altísimo.
Fué así que el Señor comenzó a enviar sus profetas desde diversos pueblos de las cercanías, todos con el mismo mensaje para él:- "No metas las bendiciones materiales en tu corazón" - , sin embargo, mi padre no creía a aquellos profetas que el Señor le enviaba, por pensar que los enviaba el pastor de la congregación a la cual él asistía, por lo que, ofendido, decidió no volver a pisar nunca más las puertas de aquella Iglesia, exclamando:- "¡Cuando venga para mi casa (el pastor), lo echaré puertas afuera..., y se acabó el evangelio para mí...!" - Luego de estas cosas, transcurrieron cerca de tres meses y el pastor lo fué a visitar. Mi padre venía llegando de su trabajo y, al ver sentado en su casa al anciano pastor, le acometió un acceso de ira tan grande que, tomando de un brazo al pastor, lo hizo levantar, expresándole:- "¡Allí está la puerta..., mándese a cambiar, no lo quiero ver nunca más por aquí...!" -.
Una hermana vecina, en una ocasión llegó de visita trayendo con ella un pan amasado recién salido del horno, caliente aún. Pero a mi padre esto no le pareció bien, y tomando el pan, dijo a la hermana que lo traía:- "¡Ni yo, ni mi esposa, ni mis hijos nos estamos muriendo de hambre!" -, en seguida introdujo su mano al bolsillo, sacando algunos billetes, los cuales mostró a la hermana, diciendo:- "¡Mándese a cambiar de aquí..., y no me traiga limosnas...!" -. Y sucedió que aquel pan que la vecina hermana había hecho para entregarlo con tanto amor, mi padre lo arrojó por la puerta hacia la calle donde cuatro o cinco perros corrieron a comérselo.
Había mucha soberbia y altivez en su corazón. Ahora en su trabajo debían tratarlo de "Señor". De su boca que antes salían bendiciones, ahora salían groserías. En una ocasión en que mi madre quiso acudir a la Iglesia, al saberlo él, fué golpeada tan violentamente por mi padre que llegó a convalecer tres días en cama debido a la golpiza. En aquella ocasión él dijo a mi madre:- "¡Se acabó el canutismo para tí y para los de esta casa...!" - .


LO QUE EL HOMBRE SEMBRARE, ESO SEGARA
Transcurridos tres años después de estas cosas, mi padre se dirigió a mi madre un día, diciéndole:- "Arréglate, porque hoy siento deseos de ir a la Iglesia" -, mi madre no lo podía creer, ante lo cual él agrega: - "¡Sí, y apúrate antes de que me arrepienta!, pero no vamos a ir a la Iglesia nuestra, sino a una en que nadie nos conozca" -. Al fin llegaron a una en la cual se podían oír hermosas alabanzas desde el exterior, pero, antes de entrar, mi padre dijo a mi madre:- "Voy a mirar por la ventana para cerciorarme de que no haya alguien que nos conozca" - , y como no hubo ningún conocido, se decidió a ingresar. Llegó fingiéndose una persona nueva al evangelio, afectando nunca haber pisado una Iglesia. En cuanto les abrieron las puertas, mi madre se fué al lugar donde acostumbran sentarse las hermanas Dorcas, se arrodilló y lloró abundantemente, dando gracias a Dios por haberle tocado el corazón a mi padre. Esa noche era una reunión de vigilia, por lo que había mucha hermandad congregada. Cuando había que cantar, mi padre fingía como que no sabía, para que pensaran que era una persona recién llegada al evangelio, por lo que un hermano que se encontraba cerca de él, trató de enseñarle cómo cantar con el himnario, aún así, hacía como que cantaba y no lo hacía.
El pastor de aquella Iglesia, quien se encontraba en el púlpito, exclamó:- "¡Bendito sea Dios, hermanos, cómo él está trayendo almitas nuevas a nuestra Iglesia...!" -.
El hombre puede ser engañado, pero Dios no puede ser burlado; mi padre estaba sentado en la última banca de atrás, en un rincón, rodeado de unos hermanos grandes y macizos, y mi padre, de contextura pequeña, seguramente pensó que allí el Señor no le vería. En eso el Señor tomó a una hermanita en danza, quien llegó al lugar donde estaba mi padre, allí le tomó y le hizo dirigirse hacia el altar. El pastor comentó a la Iglesia:- "vamos a cantar, pues nosotros no tenemos porqué oír lo que el Señor quiere entregarle al hermano..." - , pero el Señor dijo:- "¡No, no..., quiero que todo mi pueblo esta noche se ponga de pié, porque todos ustedes van a ser testigos de la sentencia que Yo daré a mi hijo...!" -. En seguida, el Señor dice a mi padre:- "¡Hijo rebelde, contumaz y porfiado!, ¿dónde está la responsabilidad que Yo puse en tí...?" -, el Señor volvió a preguntarle lo mismo, y mi padre respondió:- "¡Señor..., la dejé...!" -, y el Señor añadió:- "¡Mira de dónde te saqué..., de la pobreza, de la miseria, del hambre...!; ¡Mira el trabajo que te tengo; mira el hogar que te he dado; Mira el alimento que te he provisto en sobreabundancia...!; ¡Ah, pero tú eres un soberbio, tomaste a mi siervo y lo echaste puertas afuera, el pan que hasta ahora yo te daba, lo arrojaste a la calle, y cuando aquellos perros se comían el pan, Yo estaba mirándote...!. Ahora, por siete años te cierro las puertas, y el pan lo mendigarás, y pan de la calle vas a comer por soberbio..., ¡Te quito trabajo...!, ¡te quito el hogar...!, ¡Te quito el vestuario...!, ¡y tu esposa que está contigo esta noche parirá un hijo en la calle por tu desobediencia...!" -, mi padre era un charco de lágrimas...


LAS CONSECUENCIAS DE LA DESOBEDIENCIA
Tal como el Señor lo dijera, a los dos meses le quitó el trabajo, y como la casa era de la empresa, también se la quitaron, y un día como a mediodía le desalojaron arrojándole sus cosas a la calle, como cuando alguien no paga el arriendo. Los hermanos le pasaron una pequeña pieza para que viviera. Para poder comer comenzó a vender los ternos y a empeñarlos para poder pagar el arriendo. En ocasiones los ternos quedaron por unos kilos de pan, o por unos kilos de harina. A los cino años, el único par de zapatos que le quedaba, aún de lejos se le veían los dedos de los pies y el cartón que les ponía para tratar de tapar los hoyos de la zuela. Se veía pobre, sucio, y hasta maloliente. Las colonias, y las buenas máquinas de afeitar ya no existían. Ahora Dios le había cerrado el socorro aún de sus propios hermanos carnales, quienes no le aportaban ni siquiera con un pan.
Cierto día, cuenta mi padre, que fué a la ciudad de Concepción en busca de trabajo, pero nada le resultó bien. Caminando por la plaza de esa ciudad vió un pan botado en el suelo, pero como le daba vergüenza recogerlo, se agachó fingiendo atarse los cordones de los zapatos, tomó el pan disimuladamente y se lo echó al bolsillo, unos cinco asientos más allá se sentó y comenzó a comérselo. Mi padre dice que cuando él se estaba comiendo ese pan, se vió a sí mismo en aquella ocasión en que tiraba aquel pan por la puerta hacia la calle, y se puso a llorar.
De la apariencia arrogante cuando aún era jefe en aquella empresa, ya no quedaba nada, ahora más bien parecía un pordiosero. En aquella época mi madre estaba embarazada. Me estaba esperando a mí. Era un día 29 de Junio, y muy temprano aquella mañana mi padre y mi madre habían acudido al hospital, pues le tocaba control de su embarazo. Allí le indicaron que le faltaban alrededor de dos semanas para que diera a luz. De regreso, y como a las 9:30 de esa mañana, en pleno invierno, y, al pasar por detrás de un colegio, a mi madre repentinamente le vinieron síntomas de parto y me dió a luz..., ¡la profecía que el Señor le había dado a mi padre se había cumplido...!. Allí estaba mi madre en un rincón de aquel cerco, y a su lado el bulto de un niño recién nacido que es quien hoy cuenta este testimonio.
Es de suponer las consecuencias para un bebé el hecho de haber nacido bajo esas condiciones, donde las heladas y el viento son característicos de esta zona del sur de Chile. Me dió una parálisis en todo mi lado derecho. Mi brazo derecho totalmente torcido. El talón de mi pierna derecha topaba con mi cadera. Mi columna se quebró en dos partes. Llegué a estar once años en una silla de ruedas, y en todo ese tiempo nunca sentí mi cuerpo. Mi mejilla izquierda se juntaba con mi rodilla izquierda. Era solo un montoncito de huesos retorcidos. La parte más robusta de mi pierna era apenas un poco más gruesa que la muñeca de mis manos.
Mi padre, al ver esta escena, se sacó el vestón y me envolvió con él, para inmediatamente arrojarse al piso con el rostro en tierra, humillado ante el Dios del cielo. Varias mujeres que acudieron en nuestra ayuda, cubrieron a mi madre con unos chales y la llevaron al hospital. A la doctora que la había examinado poco antes la despidieron de su trabajo.
Fuí llevado a la ciudad de Concepción, y desde allí fuí trasladado a la capital, Santiago de Chile, a la Clínica Alemana, donde fuí examinado bajo el quirófano de manera de estudiar mi cuerpo, el que se hallaba con muchos cables en él, y todo el equipo necesario para controlar mi enfermedad, además de un equipo de varios médicos a mi alrededor. Me administraban morfina para calmar mis dolores. Luego de diez años en ese lugar, los médicos me entregaron a mis padres, como un objeto que es desechado y ya no sirve para nada.


LAS BENDICIONES DE LA OBEDIENCIA
A todo esto, habían transcurrido siete años desde que mi padre fuera despedido, y fué reincorporado al mismo trabajo que tenía antes. El Señor le dió una nueva casa. Mis padres me compraban lindos juguetes, pero lo que yo deseaba era poder caminar. No podía alimentarme por mí mismo, menos podía usar zapatos en mi condición.. En aquel tiempo, nunca ví a mi padre contento. Cuando mi padre con mis hermanos se sentaban a la mesa, él se quedaba mirándome, y al verme así, tan retorcido y que mi cuerpo no servía para nada, sus lágrimas caían al plato delante de sí, y lastimeramente me decía:- "¡Hijo..., es mi culpa..., es mi culpa...!" -.
Al cumplir los once años de edad, mi familia me hizo muchos regalos. Mi pieza estaba llena de ellos. ¡Ah..., pero ese mismo día, como a la medianoche el Señor Jesús me tenía el Regalo de los regalos...!.
Mi padre llegó a casa, procedente de la reunión en la Iglesia como a las 00:30 horas. Esa vez ya no lo ví con el rostro demacrado. Caminó derecho hasta donde yo me encontraba, se arrodilló y me abrazó, mientras lloraba. Al verle llorar así, yo también estallé en llanto. Enseguida mi padre me dice:- "Hijo..., tú no sabes con quién estuve conversando esta noche" -. Yo pensé que mi padre había estado conversando con el médico y que pretendía enviarme a Santiago nuevamente, así que le dije:- "Si piensan llevarme nuevamente a Santiago, yo prefiero morir al lado de ustedes" -, a lo que mi padre me responde:- "No he conversado con el médico, sino con el Médico de los médicos, con Jesús. Y Él me ha dicho que regale la silla de ruedas que tú ocupas. Que vaya mañana al hospital, y la regale" -, a lo que acoté:- "¡Papá, no la puedes regalar, porque a mí me hace falta...!" -, mi padre dijo:- "No, hijo. La silla de ruedas mañana no te hará falta para nada, porque el Señor me ha dicho que mañana tú caminarás..., se acaba el sufrimiento para tí..." -, yo le respondí:- "¡Si crees que el Señor me sana, entonces vé y cómprame zapatos" -. Al otro día, mi padre tomó la silla de ruedas, fué al hospital y allí la regaló. Como a las diez de la mañana regresó y traía una caja con los zapatos nuevos. Me los pasó y desde allí no me solté más de ellos.
El día anterior el Señor le había dicho a mi padre:- "Mañana lleva a tu hijo a Talcahuano, pues allá tengo preparado a mi pueblo" -. Mi padre, como a las cinco de la tarde, me tomó en sus brazos, y me dijo:- "Esta será la última vez que te cargue en mis brazos" -, y partimos al lugar que el Señor le había señalado.
Cuando llegamos a la ciudad de Talcahuano, después de haber recorrido varias poblaciones (barrios), junto a mi madre, y conmigo en brazos, arribamos al fin a un cerro denominado "La Gloria", en aquel lugar había un Templo evangélico, y el Señor le dice:- "¡Detente...!, porque este es el pueblo que yo tengo preparado..." -. Mi padre golpeó la puerta, e inmediatamente el pastor de aquella Iglesia nos atendió y nos hizo pasar, diciéndonos que el día anterior el Señor había levantado un profeta en su congregación señalando que el día de hoy llegaría un matrimonio con un niño paralítico de 11 años de edad...- " Y hoy lo estoy viendo" -, agregó el pastor. Luego se puso de pié, me tomó la cabeza, y dijo:- "Hijo, ten paciencia, en un momento más Cristo te levanta. ¡Te sana el Señor...!" -.


COMO SE MANIFESTO LA GLORIA DEL SEÑOR
Luego mi padre me llevó a la Iglesia de aquel pastor, la cual estaba llena, pues los mismos hermanos habían invitado a los vecinos, diciéndoles que ese día el Señor iba a sanar a un paralítico. Esa noche, después de que aquel pastor entregara el mensaje de la Palabra de Dios, invitó a cantar al Señor. Mi padre me sostenía en brazos, mientras yo permanecía con mi caja de zapatos a mi lado, y me encontraba envuelto en mi chalón, cuando en eso se levanta un joven tomado por el poder de Dios, quien, a su vez, tomó a otro joven y, entre ambos, tomados con una potencia muy grande, llegan danzando hasta donde se encontraba mi padre, y uno de ellos le dice:- "¡Entrégame a tu hijo...!" -, de inmediato mi padre me sacó el chalón y me entregó a ellos, quienes, entrelazando los dedos de sus manos entre sí me levantaron, y danzando en el Espíritu a toda velocidad se dirigieron al púlpito, el cual era ancho y tenía una hermosa Biblia encima, la cual retiraron y pusieron en una mesita al costado, mientras a mí me ponían sobre el púlpito. El Señor habló por medio de uno de ellos, diciendo:- "¡Hoy día verán Mi Gloria!.., ¡Hoy día verán Mi Poder...!" -.
Uno de aquellos jóvenes tomó mi brazo derecho y lo levantó. Los huesos sonaron, pero yo no sentí ningún dolor, ¡porque no era la mano de un hombre, sino la mano de Jesucristo el Hijo de Dios!. Seguidamente uno de ellos tomó mi pié y lo estiró, y mis rodillas se enderezaron. Luego uno de ellos me asió de las piernas, mientras el otro hacía lo mismo con mi pecho, y me estiró hacia atrás, y ¡la columna soldó en sus dos partes instantáneamente!, quedando así yo totalmente derecho. Aquellos jóvenes instrumentos de Dios me pidieron luego la caja de zapatos que yo llevaba hasta con un par de calcetines incluídos. Me pusieron los zapatos y me los ataron. Luego me bajaron con cuidado y me pusieron de pié frente a toda la congregación, quienes estaban admirados de la misericordia del Señor, pues recién me habían visto llegar hecho un guiñapo, todo retorcido, y ahora me tenían frente a ellos totalmente sano.
Mi alegría era tan grande que me puse a correr por los pasillos de la Iglesia, mientras gritaba y lloraba sin parar. Esa noche Dios mostró su Gloria, manifestándose poderosamente a ojos de todos aquellos reunidos.
¡ESTE ES NUESTRO DIOS...!
C.B.O.

Transcripto y editado gramaticalmente por el hno. Pedro Elidio Jaramillo C.

Iglesia de Dios Pentecostal de Iquique, Chile.

Ministerios Renacer yoelidio@gmail.com

1 comentario:

  1. hola mi hermano, hermoso testimonio, yo oi ese testimonio y me goce mucho...gracias.

    He buscado mucho el audio de este testimonio...usted lo tiene, si fuera asi me lo envia porfavor? se lo agradeceria y estoy seguro que Dios le recompensara por eso.

    Bendiciones.

    Hermano Bernardo Bravo.
    bbravoa@gmail.com

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