miércoles, 8 de septiembre de 2010

LOS FRUTOS DEL ESPIRITU SU CALIDAD Y CANTIDAD.



© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

Una de las primeras enseñanzas que recibí de parte de mi hermano Guía de local, allá por el año 1985 en la ciudad de Taltal, Chile, fue acerca de los frutos del Espíritu, tema que me dejó soñando despierto con predicaciones llenas de poder ante multitudes. Tanto fue que, fruto de mi costumbre de dibujar, tracé un bosquejo de un arbolito con nueve frutos con sus respectivos nombres de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.

En esos años nuestro Guía, el hermano Tito Cortéz, nos realizaba estudios bíblicos cada miércoles, por lo que nuestros pensamientos, cero televisión de por medio, circulaban todos alrededor de la Palabra de Dios.

No fue sino hasta algunos años después que el Señor me hizo caer en la cuenta de la profundidad de este pasaje bíblico de Gal. 5:22, 23 “Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”.

Es que generalmente somos rápidos para leer las Escrituras. Es como ser rápidos para comer, perdiéndonos la grata sensación de degustar con nuestro paladar lo que ingerimos, pasando así por alto el ejercitar uno de nuestros sentidos más preciados como lo es el gusto.

Pero el fruto del Espíritu es…

Para comprender este tema claramente, vayamos a la degustación de un fruto propiamente tal como la vapuleada manzana, a la cual se acusa ignominiosamente, sin base alguna por lo demás, de ser la causante de la caída del hombre.

Imaginémonos una manzana del tipo Richards, grande (de exportación preferentemente), y seccionémosla por la mitad. Apreciaremos entonces en ella el tallo que generalmente trae en su base, luego la cáscara que la recubre exteriormente, la pulpa, el dulce líquido que desprende al oprimirla un poco, sus semillas, el envoltorio de las mismas, en fin…

Luego propongámonos tomar una de estas semillas, ¿vamos siguiendo los pasos imaginariamente, al menos? , a continuación comamos una de estas semillas, luego contestemos la siguiente pregunta: ¿Considera usted que ha comido un fruto, en este caso, una manzana…?

Vuelva a repetir el mismo ejercicio, esta vez con solamente la cáscara externa, luego con el dulce líquido, y así, cada componente por separado, haciéndose la misma pregunta.

Obviamente, a todas las ocasiones su respuesta habrá sido un rotundo: No.

La razón es muy sencilla, usted no está degustando un fruto, sino los componentes de un fruto, cada uno por separado, pero juntos todos ellos sí forman el verdadero fruto.

Así es, amado en Cristo, usted se ha dado cuenta de que el versículo bíblico a que hacemos alusión en ninguna parte dice que son NUEVE FRUTOS, sino que señala diciendo: “Mas el fruto…”, totalmente en singular. El amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la templanza no son sino componentes de un solo, único y mismo fruto.

Por tanto, si yo señalo tener gozo, pero carezco de mansedumbre, entonces el fruto no es bueno en mí. En otras palabras alguien diría que está en presencia de un fruto pasmado, o defectuoso.

No puede existir una buena fruta que solo tenga cáscara. Ni otra que solo posea pulpa, pero sin el dulce jugo que la empapa.

Tampoco pueden haber cristianos que anden por la vida proclamando que poseen “un fruto” del Espíritu al menos, siendo que no tienen lo que el Señor pide de ese fruto.

Asimismo, cuando nosotros vamos al supermercado a comprar nuestros alimentos, siempre escogeremos aquellos más hermosos, maduros y agradables. ¿Acaso no pensamos que Dios espera encontrar lo mismo en nosotros…?

Hermanos amados, esforcémonos por tratar de cultivar el fruto del Espíritu en nuestras vidas, buscando las cosas espirituales en sincera adoración y oración. Ejercitándonos en ayuno y oración regularmente para que Dios, que es quien seguramente el que da el correcto crecimiento, nos lleve a mostrar un fruto espiritual agradable en Su Presencia, y no un pasmado fruto silvestre que ha crecido en un desierto carente de aguas y cuidado, infestado de hongos y, por lo tanto no es saludable ni grato degustarlo.

Bueno, desde aquella ocasión en que lo comprendí por la gracia del Señor, este tema me ha tocado exponerlo en varios lugares en forma de predicación, pues ha sido de bendición para mi vida, y no dudo, para otros hermanos también. En esta ocasión al menos, espero que sea de bendición para su vida.,

Bendiciones.

LA SILLA DE LOS ESCARNECEDORES



© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.


Salmo 1:1: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado”.

- ¡Sírvanle choclo a Luchito…!-, exclamaba a voz en cuello José, mientras los sentados a la mesa reían de buena gana al ver al acongojado Luchito tratando de aparentar que no pasaba nada. Con una tímida sonrisa trataba de tapar los huecos oscuros donde tiempo atrás seguramente estaban sus dientes delanteros. Como una manera de hacer la vista gorda él también reía por fuera, mientras su corazón herido se revolvía dentro de su pecho por la vergüenza.

Se sentía traicionado por aquellos que decían apreciarlo, y ello le causaba una profunda tristeza, quitándole también la paz interior, mientras con la sonrisa muy apretada luchaba por no descubrir su ruinosa dentadura.

En el libro de los Proverbios hay un verso que dice: “Hay hombres cuyas palabras son co9mo golpes de espada; Mas la lengua de los sabios es medicina”, Prov. 12: 18.

El sentido común nos señala que no es bueno burlarse de las debilidades y defectos de los demás, si esto es asçi en la sociedad, ¡Con cuánta mayor razón de nuestros hermanos en la fé que, como nosotros, fueron lavados y perdonados por la Sangre preciosa de Cristo, ya que, así como nosotros creemos serlo, ellos también son Templos vivientes del Espíritu Santo.

La burla es una de las más crueles facetas del menosprecio, sea frontal o solapado.

De ello nos amonestan las voces de 42 jóvenes burlescos quienes, en 2 Reyes 2:23, 24, sabiendo que Eliseo quedó junto al Jordán mientras Elías era subido al cielo en un carro de fuego, hacían burla de él gritándole que tratara de subir también. Lo que es peor, para hacerle sentir más empequeñecido aún, hacían referencia a su calvicie, gritándole: ¡Calvo, sube…!

Esto aún hoy se oye en muchos cristianos, en moderna fonética a lo chileno gritándose el uno al otro: ¡Pelao…!.

Tal vez no desciendan dos osos del monte hoy, pero nuestra desconsideración sí puede alejar a Dios de nuestras vidas, puesto que El mora en las vidas de todos sus hijos, inclusive en aquellos que menospreciamos. Al respecto, en Proverbios 3:34, dice: “Ciertamente él escarnecerá a los escarnecedores, y a los humildes dará gracia”.

A propósito de lo mismo, el hermano Luchito, tras un tiempo de esta situación, nos confiesa: “Bueno, hermanos, cuando yo fui más joven, encontré irresistible burlarme de otro hermano muy humilde, el cual nunca dijo nada, pero que tenía sus dientes como yo ahora, al que le gritábamos con sorna: ¡Mascarrieles…!. Ahora yo puedo entender lo que él sentía en su corazón, y en verdad me arrepiento”.

¿Será que de nuestros propios labios salen aquellos dos temibles osos que, cuando menos los esperamos se vuelven contra nosotros mismos destrozándonos el corazón…?

Si es así, entonces cuán certera es la Palabra de Dios al señalar: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado”, Salmo 1:1.

LA GARANTIA DE PROPIEDAD DE DIOS EN NOSOTROS.



© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

Pocas personas saben que, por ejemplo, para acreditar ser dueños de un simple balón de gas licuado, deben presentar un documento emitido por la empresa distribuidora de gas licuado denominado “Certificado de garantía de cilindros”.

En este consta la dirección, nombre y rut del beneficiario poseedor del balón (cilindro), de gas, su capacidad y su valor, entre otros datos. Este certificado es nominativo e intransferible.

Ante cualquier eventualidad, la comprobación de que el cilindro en cuestión es de nuestra propiedad dependerá de si poseemos este certificado, de lo contrario, no hay ninguna validez legal en nuestras palabras, aunque ese cilindro haya estado en casa desde tiempos inmemoriales. Para cualquier tribunal, y para la empresa misma, nosotros no tenemos ningún cilindro de gas y, de hecho, aunque lo tuviéramos con respaldo del certificado, este cilindro sigue perteneciendo a la empresa distribuidora, siendo nosotros administradores del mismo en una forma de comodato.

2Co. 1:22 “el cual también nos ha sellado y nos ha dado, las arras del Espíritu en nuestros corazones”. (RV 1909), en la versión RV de 1995 dice: “el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones”.
Nosotros, los redimidos y salvados por la preciosa Sangre de Cristo, nuestro Señor y Salvador, también gozamos de una especial garantía en nuestros corazones que acredita legalmente que somos propiedad de Él.

De hecho, el mismo Señor Jesús nos advierte al respecto en Jn. 14:3 “Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis”.
De tal importancia es el de buscar la vida en el Espíritu que 1Jn 4:13, señala: “En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu”, aclarándonos el punto respecto a lo cual señala que tomará “a sí mismo”.

El vivir, por lo tanto, en el Espíritu forma parte vital de la existencia de todo cristiano, pues taxativamente señala nuevamente la Palabra del Señor, que: “Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios está en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Rom 8:9
Por lo tanto, si deseamos, en el día en que nuestro Señor Jesucristo venga por Su Iglesia, comprada a precio de su preciosa Sangre, ser llevados en el rapto de su amada Iglesia, deberemos tener aquella Garantía viva del Espíritu Santo morando en nuestras vidas para que, al tomarse a sí mismo, el Espíritu Santo que mora en nuestros corazones termine en nosotros la transformación gloriosa que comenzó el día en que aceptamos a nuestro Señor Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, y así podamos ascender a la mismísima gloria con Él, junto a los santos que ya duermen en el Señor.

¿Qué es vivir en el Espíritu?

Según la Palabra de Dios es vivir negándose a satisfacer los deseos de la carne. El libro de Gálatas es claramente explícito en cuanto al vivir en el Espíritu, y, en oposición al mismo, mostrar las obras de la carne en la vida del hombre.

Esta aclaración que encontramos en el capítulo 5, es válida especialmente para los que, profesando ser cristianos, no viven en el Espíritu, señalándonos en el versículo 16, que: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”.
Luego, el versículo 17, nos amonesta claramente acerca de la diferencia entre el servir a los deseos de la carne, o el vivir bajo la dirección del Espíritu, “ porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais”.
Que el estar bajo la carne es enemistad contra Dios, lo asevera ciertamente la Palabra de Dios, acotando, en el versículo 18, que, “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley”, pues en otra parte, la Escritura señala claramente que el estar bajo la Ley es estar bajo maldición, y siendo que el mismo Señor padecido por nuestros propios pecados bajo la Ley, en el cumplimiento de la misma, ya que el hombre en ninguna manera podía eternamente satisfacer la Ley de Dios, nos señala en , Gal 3:13, 14: “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzara a los gentiles, a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu”.

Los versículos 19 al 21, nos llevan a la descripción meridianamente clara de las obras de la carne, que son resultado de la maldición del pecado, su evidente oposición a la voluntad de Dios, y el fin irremisible de aquellos que voluntariamente persisten en vivir bajo ellas, a pesar de las admoniciones del Señor a lo largo de toda su Palabra escrita para que el hombre se aparte de sus malas obras. “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”
Aquí tenemos, por lo tanto, una severa advertencia acerca de nuestra manera de vivir. Si queremos ser realistas en nuestra fe, no debemos aferrarnos a ella como una cosa emocional sin mayor trascendencia que un llanto de emoción en la congregación, o por sentir “un calorcito”, o porque el Señor ya nos habló por intermedio de un profeta, ni inclusive por el hecho de danzar o hablar en otras lenguas. La fe verdadera busca lo espiritual, vive en el Espíritu, permitiendo a Dios mismo que mora en el corazón, que tome el control íntegro de nuestras vidas. Como señala un poema cristiano, hablando del Señor Jesús:”…morir a mí, para vivir Tu vida…”

La razón es urgente: La venida del Señor por su Iglesia es inminente. Nadie sabe el día ni la hora en que Él vendrá y tomará “de lo suyo”, y si verdaderamente somos de Él

En el primer discurso de Pedro, tras haber descendido el Espíritu Santo en el aposento alto, tenemos una reacción de fe genuina de parte de tres mil almas allí reunidas que aceptaron al Señor en sus vidas. En Hch. 2:37 encontramos lo siguiente: “Al oir esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: –Hermanos, ¿qué haremos? “La respuesta de Pedro, que origina un regreso a Dios en Sus propios términos, la encontramos en el mismo capítulo, en los versículos 38 y 39, “Pedro les dijo: –Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo, porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llame”.
Por lo que, el arrepentimiento verdadero es la base para vivir en Cristo. No basta una convicción temporal emocionalista. Tras el acto de fe debe existir una búsqueda racional de lo espiritual y trascendente. Acerca de ello leemos en Luc. 11:13 “ Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? “
Tenemos, por lo tanto, una promesa cierta acerca de que Dios sí quiere garantizarnos de que nosotros somos de su exclusiva propiedad para salvación y vida eterna y nosotros seremos sensatos si nos apropiamos de ella, por lo mismo, el Señor hace un llamado a buscarle de verdad, Isa 55:6, 7 :”¡Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano! Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. “
Para nuestro Dios sea toda honra, gloria y alabanza por todos los siglos, por su misericordia y por su verdad.

LA COMPROBACION DE NUESTRA IDENTIDAD



© Pedro Jaramillo, ministerios Renacer. 2010.

El anciano hizo parar la micro, como solemos llamar en Chile al autobús, y al subir, pronunció un enérgico y estentóreo: -“¡ Adulto mayor…!”, ante lo cual el chofer lo miró y le espetó sin preámbulos:- “¡ Su carné, por favor…!”.

El susodicho anciano, el cual se veía fuerte y robusto, pero que no por ello disimulaba sus alrededor de 70 años de edad, comenzó una nerviosa búsqueda en sus bolsillos, afanándose por encontrar algo que probablemente no tenía o, al menos, no llevaba consigo, al parecer.

Me retraí en mis pensamientos ante la situación, poniéndome a meditar en el asunto, por lo que me perdí el desenlace de la situación que se anunciaba un tanto bochornosa para el enérgico anciano.

La verdad es que hay muchos cristianos que van por este mundo proclamando que lo son, para enfrentarse a personas cada día más escépticas. El hecho es que hoy por hoy ya no basta parecer cristiano, como este anciano realmente representaba obvia y visiblemente su ancianidad, sino que hay que demostrar serlo.

Alguna vez leí que alguien dijo:- “Vayan por el mundo y prediquen el evangelio. Y si es necesario, hablen”.

El hecho es éste. En un mundo globalizado, muchas denominaciones crecen a pasos agigantados cuando presentan un evangelio somero y facilista, basado en el “amor” de un dios que dá la pasada para todo. Muchos se sienten cristianos porque asisten a una Iglesia de éstas, pero siguen desenvolviéndose como pecadores cuando están en sus casas, o en sus trabajos. Apenas salen de sus cultos o reuniones vuelven a tomar los hábitos mundanales, confiando en que el dios en el cual ellos creen hará la vista gorda con todo lo que realicen fuera del culto o Iglesia física.

Es que la gente está expectante, y a veces, de lo expectantes pasan a lo atónitos al observar el comportamiento de muchos que se dicen ser cristianos, dañando irremisiblemente sus corazones anhelantes de un verdadero cambio prometido por los mismos cristianos que hablan tanto de amor y espiritualidad, cerrando así el paso a todo llamado de Dios a sus vidas, porque lo que ven es algo cotidiano que angustia sus propias vidas, y de lo cual anhelan profundamente escapar, aunque no saben cómo.

El Dios de la Biblia, con toda razón exclamó:” Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” Isa. 29:13.
Al parecer, el asunto de saber quiénes somos en realidad no depende exclusivamente de nuestra propia opinión y convencimiento religioso personal que puede llevar a engaños si es que paralelamente a nuestro crecimi8ento y desarrollo físico no marcha uniforme con nuestra comprensión del evangelio y de nuestro Señor Jesucristo.

¿Somos niños irresponsables en cuerpos de hombres…?. ¿Somos una persona pública sumamente simpática y otra muy diferente en casa…?. ¿Somos cristianos de cuatro paredes y en nuestros trabajos unos irreverentes y groseros como todos nuestros compañeros a los que retóricamente queremos “salvar”?.

En fin, pueden ocurrir un sinnúmero de eventualidades en que nuestra apariencia no concuerde con lo que en realidad somos. La gente perdida quiere tener la certeza de saber con quién está tratando realmente.

Es así que mucha gente se pregunta, aunque muchos se identifiquen como cristianos, ¿Con qué tipo de persona estoy tratando…? , y requieren de nosotros mucho más que el simplemente anunciarnos como cristianos.

Alguien en cierta ocasión señaló que nosotros “somos cartas leídas”, tomando como base lo que señala 2Co. 3:3 “Y es manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”.
Sin embargo, una revisión más acuciosa del texto en cuestión nos hace recapacitar en el asunto, pues no todos llevan escritas estas cartas en sus corazones con el Espíritu del Dios Vivo, sino que simplemente las llevan en sus bocas y nada más, estando su corazón lejos del Señor.

Viven, por tanto, sus vidas haciendo lo que se les da la regalada gana, pensando que Dios será tan permisivo como su propia imaginación les hace creer, haciendo que el mismo mundo se desengañe del mensaje de “vida” que con sus labios pretenden entregar.

Es por eso que hoy en día el mundo nos pide más que el hecho de proclamar el evangelio y que somos cristianos. El mundo espera ver hoy en día el que nosotros “vivamos como verdaderos cristianos”, es decir, que nuestros propios hechos, y no simplemente nuestras bocas, hablen de que el Señor ha hecho un cambio de vida en nosotros, rescatándonos de la muerte y de nuestra vieja manera de vivir, para hacernos vivir en novedad de vida.

Solamente así lograremos llegar con el mensaje de salvación a un mundo perdido en el pecado, porque más de lo mismo el mundo tiene en abundancia.

Isa. 1:18- 20 »Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si queréis y escucháis, comeréis de lo mejor de la tierra; si no queréis y sois rebeldes, seréis consumidos a espada». La boca de Jehová lo ha dicho.
En el caso particular del pueblo cristiano, solo hay una identificación valedera, otorgada por Dios mismo y que confirma que somos de Él y que le representamos dignamente: el vivir en el Espíritu. Gal 5:22- 25 “Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos, si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”.
De modo que si somos de Dios, le representaremos dignamente, porque Él vive en nosotros desde que creímos, Efe. 1:13, 14 “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”. De manera que no solo le representamos en nuestra apariencia, que es solo por vista, sino también en nuestro hablar, en nuestras actitudes frente a la vida, en nuestro pensar, en nuestro actuar diario, y en cada faceta de la vida, porque Él no puede negarse a sí mismo, si es que Dios realmente vive en nosotros.

Es el Espíritu Santo, por lo tanto, quien señala Su Presencia en nuestras vidas cuando transforma nuestra manera de vivir y de pensar, para que quienes nos rodean, vean el sello de Dios en nosotros.

Es el Espíritu Santo quien, morando en nosotros, cambia nuestra conducta, para que quienes nos rodean caigan en la cuenta del gran cambio que Dios produce en las vidas de quienes le buscan.

Es el Espíritu Santo quien pone palabras limpias en nuestros labios, desechando toda mentira, para que quienes nos oyen puedan ser edificados y salvados por el poder de la predicación de la Santa Palabra de Dios.

ESPERO QUE ESTO NO ME PASE A MI


© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010


Se cuenta en la Tercera Región de Chile la historia del pastor José Fernández, quien duerme en el Señor, el que abrió tamaños ojos al oír la oración de un hermano que inspirado en la oración de la mañana, exclamaba: - ¡ Señor, te ruego que a mi pastor tu siervo lo llenes de concupiscencia…!

Terminada aquella hora de oración, el pastor se acerca al hermano y le pregunta:
- Hermano, ¿porqué usted me aborrece de esa manera…?-, El hermano, alarmado por las palabras del pastor, le respondió:
- Pero…, mi pastor, ¿de dónde sacó usted esa idea?, usted sabe que yo lo amo.- Pausada y amorosamente, el pastor añade:
- ¿Entonces porqué le pide al Señor que me dé concupiscencia…?, ¿Acaso sabe usted lo que significa la palabra concupiscencia…?-, el hermano, inquieto, le respondió:
- Eer…, bueno…, de saber exactamente qué significa, no lo sé. Pero la palabra suena tan bonita que no creo que pueda significar algo malo…, digo, ¿no?-

Una vez que el pastor le hubo explicado y aclarado al hermano el término, éste ya no volvió a realizar la misma petición al Señor.

Muchos esbozarán una justificada sonrisa al leer estas líneas, otros esperarán que ojalá nunca les pase algo parecido. Pero, ¿sabe qué significado tiene el término “ojalá”…?

Bueno, para ello nos remontaremos a la España Medieval, invadida durante cerca de doscientos años por los pueblos árabes de religión musulmana. Esto sucedió en venganza por las Cruzadas llevadas a cabo por Occidente en Palestina. Sucedió que durante dos siglos estos árabes vivieron en la Península Ibérica como pueblo dominador, hasta que fueron expulsados por la fuerza de allí.

A ellos se deben muchas de las riquezas arquitectónicas de algunas regiones de España. También el desarrollo de las ciencias matemáticas de occidente se incrementó gracias a los eruditos árabes que la propagaron, legándonos el concepto del cero, desconocido en occidente. Además de muchos aportes en Geometría, cálculo, química, de allí el famoso libro de Baldor, que aún se usa en los días de hoy.

También nos legaron la riqueza del idioma árabe, del cual aún perduran muchas palabras integradas al lenguaje castellano, entre ellas ese famoso “ojalá” a que hacemos mención, el cual usamos en nuestra comunicación diaria, y que literalmente significa: “Que Alá lo quiera”.

Poner, por tanto, esta palabra delante de “…Dios lo permita”, como muchos de nosotros solemos hablar, sería ignominioso para nuestro Dios Santo y verdadero, pues poner a la altura de su Majestad y Santidad a un falso y extraño dios sería una afrenta.

Por lo tanto, muy sano y oportuno es el consejo del apóstol Santiago en su epístola 4:15, “En lugar de lo cual, deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos, y haremos esto o aquello”.

O, en otras palabras, el Señor lo quiera o lo permita.

En fin, sabemos que el pecado es hacer aquello que sabemos que está mal. El Señor nos ayude a aplicar esto a nuestra manera de comunicarnos, especialmente en lo referente al Señor y nosotros.