miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA COMPROBACION DE NUESTRA IDENTIDAD



© Pedro Jaramillo, ministerios Renacer. 2010.

El anciano hizo parar la micro, como solemos llamar en Chile al autobús, y al subir, pronunció un enérgico y estentóreo: -“¡ Adulto mayor…!”, ante lo cual el chofer lo miró y le espetó sin preámbulos:- “¡ Su carné, por favor…!”.

El susodicho anciano, el cual se veía fuerte y robusto, pero que no por ello disimulaba sus alrededor de 70 años de edad, comenzó una nerviosa búsqueda en sus bolsillos, afanándose por encontrar algo que probablemente no tenía o, al menos, no llevaba consigo, al parecer.

Me retraí en mis pensamientos ante la situación, poniéndome a meditar en el asunto, por lo que me perdí el desenlace de la situación que se anunciaba un tanto bochornosa para el enérgico anciano.

La verdad es que hay muchos cristianos que van por este mundo proclamando que lo son, para enfrentarse a personas cada día más escépticas. El hecho es que hoy por hoy ya no basta parecer cristiano, como este anciano realmente representaba obvia y visiblemente su ancianidad, sino que hay que demostrar serlo.

Alguna vez leí que alguien dijo:- “Vayan por el mundo y prediquen el evangelio. Y si es necesario, hablen”.

El hecho es éste. En un mundo globalizado, muchas denominaciones crecen a pasos agigantados cuando presentan un evangelio somero y facilista, basado en el “amor” de un dios que dá la pasada para todo. Muchos se sienten cristianos porque asisten a una Iglesia de éstas, pero siguen desenvolviéndose como pecadores cuando están en sus casas, o en sus trabajos. Apenas salen de sus cultos o reuniones vuelven a tomar los hábitos mundanales, confiando en que el dios en el cual ellos creen hará la vista gorda con todo lo que realicen fuera del culto o Iglesia física.

Es que la gente está expectante, y a veces, de lo expectantes pasan a lo atónitos al observar el comportamiento de muchos que se dicen ser cristianos, dañando irremisiblemente sus corazones anhelantes de un verdadero cambio prometido por los mismos cristianos que hablan tanto de amor y espiritualidad, cerrando así el paso a todo llamado de Dios a sus vidas, porque lo que ven es algo cotidiano que angustia sus propias vidas, y de lo cual anhelan profundamente escapar, aunque no saben cómo.

El Dios de la Biblia, con toda razón exclamó:” Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” Isa. 29:13.
Al parecer, el asunto de saber quiénes somos en realidad no depende exclusivamente de nuestra propia opinión y convencimiento religioso personal que puede llevar a engaños si es que paralelamente a nuestro crecimi8ento y desarrollo físico no marcha uniforme con nuestra comprensión del evangelio y de nuestro Señor Jesucristo.

¿Somos niños irresponsables en cuerpos de hombres…?. ¿Somos una persona pública sumamente simpática y otra muy diferente en casa…?. ¿Somos cristianos de cuatro paredes y en nuestros trabajos unos irreverentes y groseros como todos nuestros compañeros a los que retóricamente queremos “salvar”?.

En fin, pueden ocurrir un sinnúmero de eventualidades en que nuestra apariencia no concuerde con lo que en realidad somos. La gente perdida quiere tener la certeza de saber con quién está tratando realmente.

Es así que mucha gente se pregunta, aunque muchos se identifiquen como cristianos, ¿Con qué tipo de persona estoy tratando…? , y requieren de nosotros mucho más que el simplemente anunciarnos como cristianos.

Alguien en cierta ocasión señaló que nosotros “somos cartas leídas”, tomando como base lo que señala 2Co. 3:3 “Y es manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”.
Sin embargo, una revisión más acuciosa del texto en cuestión nos hace recapacitar en el asunto, pues no todos llevan escritas estas cartas en sus corazones con el Espíritu del Dios Vivo, sino que simplemente las llevan en sus bocas y nada más, estando su corazón lejos del Señor.

Viven, por tanto, sus vidas haciendo lo que se les da la regalada gana, pensando que Dios será tan permisivo como su propia imaginación les hace creer, haciendo que el mismo mundo se desengañe del mensaje de “vida” que con sus labios pretenden entregar.

Es por eso que hoy en día el mundo nos pide más que el hecho de proclamar el evangelio y que somos cristianos. El mundo espera ver hoy en día el que nosotros “vivamos como verdaderos cristianos”, es decir, que nuestros propios hechos, y no simplemente nuestras bocas, hablen de que el Señor ha hecho un cambio de vida en nosotros, rescatándonos de la muerte y de nuestra vieja manera de vivir, para hacernos vivir en novedad de vida.

Solamente así lograremos llegar con el mensaje de salvación a un mundo perdido en el pecado, porque más de lo mismo el mundo tiene en abundancia.

Isa. 1:18- 20 »Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si queréis y escucháis, comeréis de lo mejor de la tierra; si no queréis y sois rebeldes, seréis consumidos a espada». La boca de Jehová lo ha dicho.
En el caso particular del pueblo cristiano, solo hay una identificación valedera, otorgada por Dios mismo y que confirma que somos de Él y que le representamos dignamente: el vivir en el Espíritu. Gal 5:22- 25 “Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos, si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”.
De modo que si somos de Dios, le representaremos dignamente, porque Él vive en nosotros desde que creímos, Efe. 1:13, 14 “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”. De manera que no solo le representamos en nuestra apariencia, que es solo por vista, sino también en nuestro hablar, en nuestras actitudes frente a la vida, en nuestro pensar, en nuestro actuar diario, y en cada faceta de la vida, porque Él no puede negarse a sí mismo, si es que Dios realmente vive en nosotros.

Es el Espíritu Santo, por lo tanto, quien señala Su Presencia en nuestras vidas cuando transforma nuestra manera de vivir y de pensar, para que quienes nos rodean, vean el sello de Dios en nosotros.

Es el Espíritu Santo quien, morando en nosotros, cambia nuestra conducta, para que quienes nos rodean caigan en la cuenta del gran cambio que Dios produce en las vidas de quienes le buscan.

Es el Espíritu Santo quien pone palabras limpias en nuestros labios, desechando toda mentira, para que quienes nos oyen puedan ser edificados y salvados por el poder de la predicación de la Santa Palabra de Dios.

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