miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA GARANTIA DE PROPIEDAD DE DIOS EN NOSOTROS.



© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

Pocas personas saben que, por ejemplo, para acreditar ser dueños de un simple balón de gas licuado, deben presentar un documento emitido por la empresa distribuidora de gas licuado denominado “Certificado de garantía de cilindros”.

En este consta la dirección, nombre y rut del beneficiario poseedor del balón (cilindro), de gas, su capacidad y su valor, entre otros datos. Este certificado es nominativo e intransferible.

Ante cualquier eventualidad, la comprobación de que el cilindro en cuestión es de nuestra propiedad dependerá de si poseemos este certificado, de lo contrario, no hay ninguna validez legal en nuestras palabras, aunque ese cilindro haya estado en casa desde tiempos inmemoriales. Para cualquier tribunal, y para la empresa misma, nosotros no tenemos ningún cilindro de gas y, de hecho, aunque lo tuviéramos con respaldo del certificado, este cilindro sigue perteneciendo a la empresa distribuidora, siendo nosotros administradores del mismo en una forma de comodato.

2Co. 1:22 “el cual también nos ha sellado y nos ha dado, las arras del Espíritu en nuestros corazones”. (RV 1909), en la versión RV de 1995 dice: “el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones”.
Nosotros, los redimidos y salvados por la preciosa Sangre de Cristo, nuestro Señor y Salvador, también gozamos de una especial garantía en nuestros corazones que acredita legalmente que somos propiedad de Él.

De hecho, el mismo Señor Jesús nos advierte al respecto en Jn. 14:3 “Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis”.
De tal importancia es el de buscar la vida en el Espíritu que 1Jn 4:13, señala: “En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu”, aclarándonos el punto respecto a lo cual señala que tomará “a sí mismo”.

El vivir, por lo tanto, en el Espíritu forma parte vital de la existencia de todo cristiano, pues taxativamente señala nuevamente la Palabra del Señor, que: “Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios está en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Rom 8:9
Por lo tanto, si deseamos, en el día en que nuestro Señor Jesucristo venga por Su Iglesia, comprada a precio de su preciosa Sangre, ser llevados en el rapto de su amada Iglesia, deberemos tener aquella Garantía viva del Espíritu Santo morando en nuestras vidas para que, al tomarse a sí mismo, el Espíritu Santo que mora en nuestros corazones termine en nosotros la transformación gloriosa que comenzó el día en que aceptamos a nuestro Señor Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, y así podamos ascender a la mismísima gloria con Él, junto a los santos que ya duermen en el Señor.

¿Qué es vivir en el Espíritu?

Según la Palabra de Dios es vivir negándose a satisfacer los deseos de la carne. El libro de Gálatas es claramente explícito en cuanto al vivir en el Espíritu, y, en oposición al mismo, mostrar las obras de la carne en la vida del hombre.

Esta aclaración que encontramos en el capítulo 5, es válida especialmente para los que, profesando ser cristianos, no viven en el Espíritu, señalándonos en el versículo 16, que: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”.
Luego, el versículo 17, nos amonesta claramente acerca de la diferencia entre el servir a los deseos de la carne, o el vivir bajo la dirección del Espíritu, “ porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais”.
Que el estar bajo la carne es enemistad contra Dios, lo asevera ciertamente la Palabra de Dios, acotando, en el versículo 18, que, “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley”, pues en otra parte, la Escritura señala claramente que el estar bajo la Ley es estar bajo maldición, y siendo que el mismo Señor padecido por nuestros propios pecados bajo la Ley, en el cumplimiento de la misma, ya que el hombre en ninguna manera podía eternamente satisfacer la Ley de Dios, nos señala en , Gal 3:13, 14: “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzara a los gentiles, a fin de que por la fe recibiéramos la promesa del Espíritu”.

Los versículos 19 al 21, nos llevan a la descripción meridianamente clara de las obras de la carne, que son resultado de la maldición del pecado, su evidente oposición a la voluntad de Dios, y el fin irremisible de aquellos que voluntariamente persisten en vivir bajo ellas, a pesar de las admoniciones del Señor a lo largo de toda su Palabra escrita para que el hombre se aparte de sus malas obras. “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”
Aquí tenemos, por lo tanto, una severa advertencia acerca de nuestra manera de vivir. Si queremos ser realistas en nuestra fe, no debemos aferrarnos a ella como una cosa emocional sin mayor trascendencia que un llanto de emoción en la congregación, o por sentir “un calorcito”, o porque el Señor ya nos habló por intermedio de un profeta, ni inclusive por el hecho de danzar o hablar en otras lenguas. La fe verdadera busca lo espiritual, vive en el Espíritu, permitiendo a Dios mismo que mora en el corazón, que tome el control íntegro de nuestras vidas. Como señala un poema cristiano, hablando del Señor Jesús:”…morir a mí, para vivir Tu vida…”

La razón es urgente: La venida del Señor por su Iglesia es inminente. Nadie sabe el día ni la hora en que Él vendrá y tomará “de lo suyo”, y si verdaderamente somos de Él

En el primer discurso de Pedro, tras haber descendido el Espíritu Santo en el aposento alto, tenemos una reacción de fe genuina de parte de tres mil almas allí reunidas que aceptaron al Señor en sus vidas. En Hch. 2:37 encontramos lo siguiente: “Al oir esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: –Hermanos, ¿qué haremos? “La respuesta de Pedro, que origina un regreso a Dios en Sus propios términos, la encontramos en el mismo capítulo, en los versículos 38 y 39, “Pedro les dijo: –Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo, porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llame”.
Por lo que, el arrepentimiento verdadero es la base para vivir en Cristo. No basta una convicción temporal emocionalista. Tras el acto de fe debe existir una búsqueda racional de lo espiritual y trascendente. Acerca de ello leemos en Luc. 11:13 “ Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? “
Tenemos, por lo tanto, una promesa cierta acerca de que Dios sí quiere garantizarnos de que nosotros somos de su exclusiva propiedad para salvación y vida eterna y nosotros seremos sensatos si nos apropiamos de ella, por lo mismo, el Señor hace un llamado a buscarle de verdad, Isa 55:6, 7 :”¡Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano! Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. “
Para nuestro Dios sea toda honra, gloria y alabanza por todos los siglos, por su misericordia y por su verdad.

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