sábado, 23 de octubre de 2010

CUANDO EL HEDOR NOS ACUSA INEVITABLEMENTE


CUANDO EL HEDOR NOS ACUSA INEVITABLEMENTE
© 2010. Pedro Jaramillo C., Ministerios Renacer.

Recuerdo, como anécdota que, hubo una familia de clase media que como una manera de ayudarme, me llamaba a limpiarles su jardín y su patio todas las semanas y, a cambio, me regalaban ropas en buen estado, me sentaban a su mesa, y me permitían estar en su casa y ser amigo de su hijo llamado Carlos Germán, al cual llamábamos todos cariñosamente Camán. Yo tendría unos doce años de edad, generalmente andaba descalzo, pero desde hace un tiempo usaba unas zapatillas blancas de loneta que ellos mismos me habían regalado y que me sacaba solamente para dormir. Eran mi posesión que más valoraba.
Bueno, en realidad estas zapatillas eran las únicas que yo poseía para cubrir mis pies, ya que los zapatos que las precedieron tuvieron que ir a dar a la basura, ya que el hoyo que tenían bajo la zuela ya no tenía más espacio para crecer, y los cartones que yo les ponía para evitar la entrada de tierra (y en ocasiones agua), tendían a salirse por todos lados debido a que no eran capaces de cubrir un hoyo tan grande.

Sucedió un día que la dueña de casa, la tía Tila, su esposo, don Carlos, Pablo, el hermano de Camán, él y yo, invitado a su mesa, compartíamos una once. La casa, a orillas del mar gozaba de una brisa marina muy fresca, pero aquella tarde algo enrarecía el ambiente. La tía Tila fue la primera en arriscar la nariz, llamando la atención de don Carlos y los demás. Hipócritamente, lo reconozco, yo también lo hacía, hasta nos dimos una vuelta por el patio oliscando, pues pensábamos que el mar habría varado cerca de la orilla algún lobo marino muerto. Vueltos a la mesa, apretaba un pié con el otro, pues yo mismo me había dado cuenta de que el olor tan apestoso procedía de mis zapatillas de lona. Y aunque el hecho me avergonzó un poco, al rato seguimos comiendo y todo se olvidó, hasta yo olvidé el incidente.

Es que sin siquiera calcetines para abrigar los pies, mis zapatillas ya eran de un color mas bien oscuro que blanco. El uso constante las había convertido poco menos que en un estercolero andante, debido a la continua transpiración y uso.

La Palabra de Dios señala: “Pr. 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia.”

Siempre viene a mi recuerdo esta anécdota, principalmente mi actitud infantil (e inútil), de tratar de evitar que saliera el mal olor de entre mis pies cubriendo uno con el otro. En realidad era como tratar de tapar el sol con un dedo, como dicen por ahí.

Algo parecido sucede con las personas que se habitúan a pecar. Es como cuando el hombre se habitúa a beber, señala la Escritura que: “Entrase suavemente…”(Pro 23:31, 32) .

El pecado, cuando es habitual produce costumbre, y a la persona le es natural vivir en esa condición. Muchos cristianos, después de haber conocido al Señor, comienzan a caer en faltas a las cuales no dan importancia. Al pasar del tiempo, es tal la costumbre ya, que no se han dado cuenta de que sus pequeñas faltas ya no lo son tanto, sino que han crecido hasta convertirse en pecados habituales y desagradables no solamente para Dios nuestro Señor, sino también para las personas que le rodean, quienes ya han captado el mal olor que desprende su conducta.

Es allí, cuando se ven captados y desaprobados, inútilmente tratan de cubrir su naturaleza pecaminosa con un manto de religiosidad, y hasta con activismo, tratando de estar en todas para dar una impresión diferente de lo que en realidad son.

Inútil será esto, pues el mal olor ya ha comenzado a salir. Es que se ha acumulado tal cantidad de podredumbre en sus corazones que ya no pueden evitar que la misma naturaleza de sus actos y manera de vivir sea captada a lo lejos, aún cuando ellos pretendan hacerse creer a sí mismos que todo está normal, aunque sus conciencias les hagan ver en su interior que no todo está correcto. Según señala la Escritura en 1Jn 3:20 “Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”, no podemos engañarnos a nosotros mismos en lo interior, si bien en lo exterior recurrimos a hipocresías para tratar de tapar un pié con el otro para tratar de impedir inútilmente que no salga el mal olor en determinados momentos.

Pero la solución está a la mano, Ecl 9:4 “Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos, pues mejor es perro vivo que león muerto”, da un atisbo de esperanza, pero no basta solamente esperar en la esperanza, si es que se entiende el juego de palabras, lo interesante es conocer la naturaleza de Dios y acatar Su voluntad, que en una parte señala que Él no quiere “que ninguno perezca”. Pero esta intención divina no se queda solamente allí, sino que añade: “sino que todos procedan al arrepentimiento”. Taxativamente lo escribe el Apóstol Pedro, inspirado por el Espíritu Santo en 2Pe 3:9 “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Y es este proceder al arrepentimiento lo que Dios espera de nosotros cuando estamos en alguna falta en su presencia, ni siquiera esperar a estar en una condición de extrema miseria espiritual para hacerlo, pues debemos tener clarísimo que no hay hombre que no peque, pero ello no es una premisa para hacerlo deliberadamente. De otra manera la Escritura no diría lo que mencionamos al principio de este artículo: “Pr. 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia.”

Tenemos entonces que si bien la naturaleza del hombre es inclinada al mal, el requisito del Señor para andar en comunión con Él, es confesar los pecados, y apartarse de ellos, ambas cosas para poder alcanzar misericordia.

No nos convirtamos en unos religiosos que pretendan tener el nombre de Dios como una muletilla a la cual recurrir solamente cuando nos convenga. O solamente cuando es fin de año, o semana Santa, o el día de la Biblia tal vez.

Deu 10:17 “Porque Jehová, vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni recibe sobornos”.

Sal 76:7 “¡Temible eres tú! ¿Quién podrá estar en pie delante de ti cuando se encienda tu ira? “.

Bendiciones en el Señor.

CUANDO LOS CUERVOS VIENEN A NOSOTROS EN LA ESCASEZ.


CUANDO LOS CUERVOS VIENEN A NOSOTROS EN LA ESCASEZ.
© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

Corría el año 1989 aproximadamente. Una lesión a mi columna, dos vértebras desgastadas, me tenían agobiado. En ese tiempo yo pensaba que era un lumbago, pues al no poder trabajar, no podía hacerme tratamiento, mientras el doctor de la ciudad cuando me atendió solamente me indicó que lo viera en su consulta particular.

Era difícil tener para comer cada día, menos aún podría ver al doctor en forma particular. Además, debía sufrir las ironías de más de alguno que me señalaba que yo no tenía lumbago, sino un vago en mi espalda.

Fueron tiempos difíciles. Orábamos con mi esposa de cinco a seis de la mañana en el local de Rancagua rogando a Dios tuviera misericordia.

Un día después del culto, precisamente en ese local, mi esposa me pidió que tomásemos té antes de dormirnos. Le dije que era mejor no hacerlo, ya que nos quedaba solamente un poquito de azúcar, unas bolsitas de té y dos panes, y estaban destinados para el desayuno del día siguiente ya que yo no sabía si podríamos almorzar algo. Los otros pocos recursos que teníamos los destinaba a que no le faltara la leche a mi hija Lea, de tan solo un año de edad.

Mi esposa, América, insistió diciendo que deseaba tomar tecito ahora y que el Señor proveería para el día de mañana. Con todas las aprensiones y preocupaciones de mi parte tomamos tecito esa noche. El pan era sándwich de pan con pan. O sea, con la pura miga en su interior, sin embargo, mi esposa lo encontró riquísimo. Yo no lo aprecié tanto, ya que mi mente iba en todas direcciones tratando de saber cómo proveer el pan para el desayuno del día siguiente.

Al fin nos fuimos a la cama. Esa mañana me despertaron unos golpes a la puerta apenas rayaba el alba. Salí a abrir, mientras una persona que yo conocía muy poco, y con la que había comentado mi necesidad de encontrar algún trabajo aliviado para ganarme el sustento, estaba ante mí.

Mientras lo miraba extrañado, él me infundía aliento a que tuviera paciencia, en tanto yo lo miraba inquieto elucubrando qué haría en este nuevo día. Finalmente, me pidió que fuera a su casa cerca de las 11 de la mañana, y, al despedirse, puso en mis manos una bolsa que, al acercarla a mí, despidió un aroma a pan francés (Batido, le decimos en el norte), diciéndome: “Tome, el Señor le envía esto, recíbalo…”

Me quedé de una pieza, mientras lo veía alejarse y las lágrimas de gratitud a Dios fluían solas a mis mejillas.

Recordé mi incredulidad de la noche anterior. No sabía si salir a correr, gritar. Solo atiné a ponerme junto a mi esposa y decirle, avergonzado y en llanto: “Mira. Dios ha suplido nuestra necesidad…”

Sal. 68:19 ¡Bendito sea el Señor! ¡Cada día nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvación!

Y de qué manera. No solamente venía una gran cantidad de pan. También venía todo lo necesario para untar al pan, azúcar, té. Nuestros corazones se derretían en nosotros al ver el amor de Dios por nuestras vidas.

Posteriormente, cerca de la hora señalada, llegué a la casa de Manuel, así se llamaba esta persona, hijo de una hermana de otra congregación, pero él no servía al Señor. En su casa me habló de un trabajo que la verdad nunca llegó a ser realidad, pues entiendo que Dios solamente lo estaba usando en ese momento para suplir nuestra necesidad.

Luego de hablarme de sus proyectos, y al irme ya, me indicó una caja grande sobre su mesa y me dijo que era para mí y que debía llevármela a casa. No quise abrirla en el camino, pues ya entendía de qué se trataba. Una vez en casa, mi esposa comenzó a sacar una a una las cosas que sería nuestro sustento por bastantes días.

A veces pienso, ¿qué hubiera pasado si este amigo no hubiese hecho caso a la voz de Dios par a realizar lo que hizo? Muchos cristianos hemos sido desobedientes a Dios de distintas maneras en nuestro caminar en el evangelio. ¿A cuántas personas hemos dejado de bendecir por esa causa…?

Igualmente con Elías. No llegaron codornices, sino cuervos a sustentarle. Dios envió unas aves que no eran bienvenidas en los campos por el hecho de causar perjuicios a la cosecha, ¿no sería más glorioso para muchos de nosotros el ser usados por Dios para bendecir a los demás…?

¿O será que estamos sordos a la voz de Dios…?, ¿O será que estamos ciegos para ver la necesidad de nuestro hermano que camina en silencio con dificultades económicas a nuestro lado, sufriendo necesidades él y su familia, sin que a nosotros no se nos dé nada…?

Pasados más de 20 años ya, aún bendigo a Dios mi Señor y Salvador por habernos provisto en aquella ocasión, cuando más lo necesitábamos, y cuando ningún hermano ni amigo estaba cerca para darse cuenta de nuestra necesidad, salvo mi amada y recordada hermana Clarisa, quien descansa feliz y gozosa en la Presencia de nuestro Amado, tal vez orando y danzando como solía hacerlo aquí, incomodando a más de alguno.

¡Gracias sean dadas a Dios por sus bondades…!

CUANDO SENTIMOS EL VERDADERO LLAMADO DE DIOS.


CUANDO SENTIMOS EL VERDADERO LLAMADO DE DIOS.
© 2010. Pedro Jaramillo C., Ministerios Renacer.

En un mundo en el que los hombres desean todos ser líderes, impregnados de ese espíritu de competitividad heredado de la economía de mercado, la cual ha traspasado ya los límites de los negocios para enquistarse en todas las esferas de la vida cotidiana, no escapa a la influencia de los tales una parte de la Iglesia.

En verdad, muchos hombres que se congregan en las Iglesias cristianas creen tener una visión más clara y completa de quienes pastorean la Obra, porque traen una visión del mundo en cuanto a competitividad y deseo de crecimiento y desarrollo en base a la cultura de masas reflejada en las cosas del mundo.

Algunos, tal vez sin darse cuenta en un comienzo, han traído con ello no solamente secularismo al seno de la Iglesia del Señor, sino el mundo al interior de la misma.

El peor peligro de estas personas es cuando logran, después de un tiempo, y basados en el conocimiento y estudio teórico de la Palabra de Dios, llegar a pastorear congregaciones para imprimirles ese “sello” personal que tanto anhelan y que creen harán de las mismas unas Megaiglesias.

El orgullo personal, el deseo humano de ver metas cumplidas de esta manera se contraponen absolutamente con el evangelio y la Palabra de Dios.

Por otra parte, lo mismo sucede con aquellas Iglesias en las que sus pastores se han echado en sus asientos a mirar cómo asisten unas diez o doce personas, ancianos en su mayoría, a cantar alabanzas como si estuvieran dormidos de pié. Su pensamiento, generalmente, es que “son pocos, pero buenos”, con lo cual se dan respuesta a sí mismos para aplacar cualquier crítica a su falta de visión y de vida.

¿Cuáles son las cualidades para ser un pastor de almas?

El amor a Dios, como cosa principal, luego el amor a las almas. Nótese la reafirmación de esto mismo por el Señor, en Mar. 12:29- 31: “Jesús le respondió: –El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento. El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos”.

Estos dos mandamientos van interrelacionados de manera recíproca. Nadie puede decir que ama a Dios, al cual no ve, si aborrece a su prójimo con el cual debe convivir todos los días. Claramente el Señor enseña a amar aún a nuestros enemigos, o quienes nos aborrecen.

Nadie, tampoco, puede ser un filántropo, un hombre que ama a la humanidad, como suelen decir muchos hoy en día que abrazan filosofías como la Nueva era, y, a partir de ella, tendencias como Green Peace, u otras provenientes de la ONU u ONGs esparcidas por las naciones, echando a sus espaldas la Palabra del Señor, y todo lo relacionado con darle honor y reconocimiento a un Dios Creador y Soberano.

Ningún hombre en la carne puede llegar a comprender estas simples cosas, menos aún llegar a entender el pensamiento del Altísimo con respecto a las cosas de Su Reino. Por mucha buena voluntad, buenos proyectos, ideas de excelencia y buenos deseos que albergue en su corazón.

El Reino de Dios solamente lo entiende Él, en su eterna Omnisciencia, misericordia y amor.

Esto se debe a que en cada corazón, y en cada alma batallan distintos pensamientos, ideas, razonamientos, creencias, paradigmas, marcas indelebles causadas por las heridas de esta vida que no pueden ser curadas, tratadas, ni sanadas con sicoterapias ni técnicas humanas, sino solamente por la mano amorosa del Señor de toda vida, quien es el Único que puede llegar a los corazones, y transformarlos paulatinamente a la imagen y semejanza suya.

El hombre, por sabio que crea ser, ni siquiera sabe de aquellas cosas que batallan contra el alma, ni el cómo tratarlas. De hecho, nada ha funcionado en la sociedad contemporánea para dar solución a los problemas que aquejan a los individuos, y, por extensión a la humanidad entera, sencillamente porque no puede.

Es por ello que Dios ha llamado, a través de su Palabra pregonada por el Evangelio, a distintos hombres para llegar a proveerlos a través de su Santo Espíritu de dones ministeriales y de servicio apropiados a la tarea de la evangelización y pastoreo de las almas.

1Jn 3:2- 3: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”.

La adopción como hijos de Dios en Cristo.

La Palabra de Dios señala que los hombres están absolutamente perdidos sin Él, Rom 3:23 “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.

Entonces, la Obra de Dios para salvar lo que se había perdido y que era imposible recuperar por el hombre mismo, debido a su naturaleza pecaminosa tan arraigada en corazón, se lleva a cabo en la propia vida de Su hijo amado, Jesucristo, quien, de trascendencia eterna en sí mismo, vence al pecado y la muerte tomando nuestro lugar en la cruz, a la vista de todo el universo humano de todas las edades, y de toda hueste angelical, proclamando Su justicia y santidad de la cual hace partícipes por su divina gracia y misericordia a todo aquel que cree en Él de la salvación eterna obtenida por su sacrificio redentor.

Es aquí donde muchas personas son engañadas por los religiosos de este mundo, pues apropiados de la salvación de Cristo el Señor, a expensas de creer verdaderamente en Su Persona y entregarle su vida a Dios, en obediencia a su Palabra, prefieren vivir la misma vida disoluta que han vivido siempre, pero usando de comodín a Dios cuando les conviene.

Stg. 1:22 “Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”.

Solamente cuando entendemos esto, y comenzamos a vivir lo que señalábamos al comienzo: Mar. 12:29- 31: “Jesús le respondió: –El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento. El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos”, comprenderemos lo que es tratar de agradar a Dios porque lo amamos; el esforzarnos por entender Su voluntad para con nuestras vidas porque queremos obedecerle; y el sacrificar lo que fuere necesario para así agradarle, y servirle incondicionalmente..

Nos apropiaremos de las promesas de Su Palabra para obtener Consolación y Guía en el Espíritu, para que nos sean revelados los planes de Dios no solamente para nuestras vidas, sino para aquellos a quienes queremos bendecir con el Evangelio de Cristo el Señor, como está escrito: Jn. 16:12- 15: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber”.

Esto, si nos apropiamos de tales promesas hechas en Lc. 11:11- 13: “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

El Espíritu de Dios, que es el Consolador que vive y mora en nuestros corazones, apartándonos de toda especie de mal, enseñando a nuestros corazones acerca del Señor Dios Todopoderoso, y que, por medio de nuestra predicación ungida por su gracia atrae a los pecadores hacia sí para salvarles y redimirles, nos provee de las herramientas necesarias para llevar a cabo la Obra del Evangelio. Ef. 4:11- 13: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

De otro modo, no seríamos capaces de llevar a cabo tan magna obra en medio del mundo, especialmente debido a la oposición de fuerzas espirituales malignas, filosofías humanas e inclusive la persecución violenta, como la sangrienta persecución llevada a cabo por la Inquisición de la Iglesia Católica que hizo flagelar, atormentar cruelmente y matar a cerca de 60 millones de cristianos evangélicos o protestantes a través de la edad media y aún del renacimiento.

No seríamos capaces tampoco, de sobrellevar las cargas de los demás, de asistirles en sus necesidades espirituales, pobrezas, enfermedades y escasez sin la Guía y ayuda del Espíritu Santo. Ni de proveerles la enseñanza a tiempo y fuera de tiempo para su edificación, crecimiento y desarrollo como cristianos.

Esto es porque el evangelio no es una organización, ni una empresa del mundo, sino que es la Obra de Dios en medio de nosotros. Es su reino en la tierra, administrado desde el cielo mismo.

Por eso es que los ministros idóneos para representarle a Él en este mundo, deben ser, por lo tanto, escogidos por Dios.

No hay ninguna institución humana, llámese Universidad, Instituto, Seminario, ni nada que se le asemeje que pueda ocupar el lugar de Dios en la Constitución de verdaderos ministros del Evangelio, sino solamente Dios mismo en su sola potestad.

Cuando el hombre cuenta con el respaldo de Dios mismo, no importan ni la preparación académica que exige el mundo, ni el carisma de hombres deseosos de hacer cosas, sino el que Dios esté tras ese ministerio desde el principio.

Lo contrario será que su destino será el fracaso para aquello que se pretende. Si bien un “ministerio” puede existir, lo importante es que sea genuino. El saltarse la cruz, el estar lejos de la dirección del Espíritu Santo ha significado el surgimiento de muchos “seudo ministros” que van engañando a otros con la finalidad de enriquecerse o hacerse famosos a costa de los demás, o con el afán de trascender en la historia humana como guías ciegos. Razón tiene la Palabra de Dios cuando señala ”…ni el buscar la propia gloria es gloria…”

EL SILBO APACIBLE Y DELICADO DE DIOS EN NUESTRAS VIDAS.


EL SILBO APACIBLE Y DELICADO DE DIOS EN NUESTRAS VIDAS.
© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

- “tenme brillando, Señor, Tenme brillando por ti. Puro y limpio seré si Tú vives en mí…!”-, resuenan aún en mi corazón las voces de Tito, Ruth, Abraham, Pablo. Hijos de mi amado hermano Tito en aquel local de la Iglesia de Taltal donde conocí esta salvación gloriosa de la mano de mi Señor Jesús.

Corría el final del año 1984 y, solo con un par de meses en el evangelio mi alma se edificaba cada vez que estos niños (ahora ya adultos), cantaban con tanta alegría e inocencia a nuestro Señor Jesús.

Mientras recordaba estas cosas, vino a mi mente también aquel día en que estábamos realizando el Culto Familiar en casa de mi hermano Tito Cortéz, como era costumbre. Fue un día inolvidable en mi vida, al cual me lleva de regreso el eco de las voces de aquellos niños cantando en la Escuela Dominical, en los cultos familiares y en las oportunidades de acción de gracias.

Después de leer la Palabra de Dios cada uno de los presentes, un versículo bíblico por persona, nuestro hermano Tito hizo una exhortación del tema en la mesa y comenzamos a cantar unos coritos. Repentinamente y sin saber a ciencia cierta cómo, nos vimos todos en silencio. Nadie quería moverse, ni siquiera pestañear. Hasta que mi hermano Tito, que siempre explotaba en un llanto como de niño chico desamparado, rompió el silencio. Luego todos y cada uno de los presentes, niños incluidos, nos unimos en un coro de llantos y alabanzas al Señor.

Claro. Mientras sucedía aquello, el señor me llevó al momento en que Elías estaba en aquella cueva del monte Horeb, 1Re. 19:12 “Tras el terremoto hubo un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego se escuchó un silbo apacible y delicado”.

La dulzura, la paz, ese silbo apacible lo sentimos aquel día. Era la sensación de que el Señor nos arrullaba a cada uno en particular en sus brazos mientras nos dejábamos llevar con los ojos abiertos y llenos de lágrimas de regocijo y gozo, pero a la vez sin querer ni siquiera movernos para no romper ese momento.

¡Ah…, qué trascendencia tuvo el momento aquel…! Tanto que aún hoy, pasados los años, solo invocar el recuerdo de aquello trae a mi corazón la importancia de mi pobre alma para el Señor Dios Todopoderoso que puede llegar a demostrarnos su amor de una manera tan incomparable.

Aún al escribir estas líneas, evocando el recuerdo que vive aún, resuenan las voces de niños cantando:
“Tenme brillando, Señor, tenme brillando por Ti.
Puro y limpio seré si Tú vives en mí.
Tenme brillando, Señor, tenme brillando por Ti,
hasta que vuelvas pronto con poder.
¡ Oh, llévame a la Roca más alta, Señor,
llévame, Señor, yo te seguiré!.
¡ Oh, llévame a la Roca más alta, Señor.
Sólo en Ti refugio tendré...”

Los comentarios después de aquel culto familiar nos confirmaron lo que ya sabíamos. Todos y cada uno de los presentes tuvimos la misma experiencia a la vez.

En un mundo que cada día se ha ido impregnando de secularismo, costumbres traídas desde el mundo a la Iglesia, ya no hay espacio para estas cosas al parecer, sino solo para el activismo que ha reemplazado al vivir en el Espíritu. Y claro, la televisión también hace su parte. Muchas hermanas pierden su tiempo viendo telenovelas cargadas de las obras de la carne en sus más oscuras facetas, además de brujería, esoterismo, adivinación y tantas cosas abominables a Dios. Los hombres y los jóvenes también. Viven cargando sus corazones de erotismo, palabras sucias de doble sentido y promiscuidad. Maldiciones, violencia, violaciones, asesinatos, traiciones, mentiras. Luego muchos de ellos se suben a los púlpitos a predicar y exhortar a otros, Palabra de Dios en mano, pero sin poder alguno en sus corazones vacíos.

Sin nada de sabiduría, ni crítica personal, después los mismos se preguntan: “Señor, ¿Porqué el evangelio ya no es como antes…?.

En fin, Dios tenga misericordia de mí, para tratar de vivir el Evangelio conforme el Señor lo quiere…, y no conformarme a las cosas de este mundo que se han apoderado de gran parte de la Iglesia.

“Tenme brillando, Señor, tenme brillando por Ti…”

CUANDO NUESTRA DESNUDEZ HA SIDO CUBIERTA POR DIOS.



CUANDO NUESTRA DESNUDEZ HA SIDO CUBIERTA POR DIOS.
© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

En ocasiones cuando vamos por la calle y observamos a un infaltable mendigo harapiento, acude a nosotros ese sentimiento de conmiseración al contemplar tanta desgracia sobre un ser humano.

El no tener, ni poseer nada, ni aún una vestimenta limpia para cubrirse denotan lo desposeída que puede llegar a ser una persona..

No debe escapar a nuestros sentidos de que comparativamente hablando, esta es la misma condición de muchos que vagan en pecado, lejos de Dios, habiendo recibido antes la gracia de nuestro Señor Jesucristo, acerca de lo cual, el mismo Señor hace referencia clara en, Ap. 3:17 “Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo”.

De hecho, yo mismo puedo llegar a ser a la vista un cristiano bien vestido, con una apariencia de caballero, pero si mi alma está desvalida, desnuda, famélica, yo soy el más miserable de los hombres.

¿Será posible hallar entre el pueblo de Dios a personas en esta condición de vida?

En realidad hay muchos. El evangelio hoy en día se ha convertido en una religión más para muchas personas. Esto gracias a las tantas estrategias del maligno por desvirtuar la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Hoy existen Seminarios, Institutos, personas que se atribuyen títulos rimbombantes para sobresalir de los ya conocidos como pastores u obispos, y que enseñan “nuevas verdades” por medio de un evangelio aguado con recetas a gusto del cliente, como enseña la economía de mercadeo, a fin de llenar edificios hechos por la mano del hombre, pero en los cuales no habita Dios.

Van por la vida de hoy hombres insensatos enseñando vanidades, engañando y siendo engañados, pues no saben que son meramente instrumentos de un enemigo del evangelio en las sombras que luego los desechará y martirizará en persona.

Enseñan estos a otros a “vestirse” con ropajes de religión, de satisfacción religiosa, de emocionalidad momentánea, cubriéndolos para ello con vestiduras correctas y atuendos de acuerdo a la formalidad del mundo para demostrar que no les falta nada en apariencias.

Esto no puede ocultar, en verdad, la condición interna de cada criatura delante de Dios. No existe nada en el mundo, ni fuera de él que pueda otorgar la paz, la sanidad del alma y la reconciliación verdadera con Dios Todopoderoso sin pasar por la cruz.

Ciertas y seguras, suenan las palabras, “No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará, porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”, Gal. 6:7, 8 .

De manera que podemos aseverar, con toda propiedad, que solamente aquellos que buscan verdaderamente a Dios en Espíritu y en verdad, podrán gozar del cambio interno que el mismo Espíritu opera en el corazón de la persona, trayendo al tal a una nueva dimensión de vida en Cristo, no solamente enseñada por hombres, sino escrita por el mismo Señor Dios todopoderoso en el corazón de cada criatura que le busca, reconciliando así su alma a la medida de Dios en Cristo el Señor.

Es allí cuando el hombre es despojado de sus harapos y vestido con ropas de gala por el mismo Dios. Es allí cuando el hombre puede verse a sí mismo cubierto por la gracia de Dios en Cristo, y no meramente por ropajes de religión humana que no pueden cubrir las verdaderas necesidades del alma humana.

Atendiendo al llamado de Dios que señala, “¡Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano! Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos», dice Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”, Isa 55:6- 9 , podremos discernir cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas, y así mantenernos en el camino del evangelio, pero vestidos de Dios, desechando los ropajes de la religiosidad que tanto le agrada al mundo, y que tanto defendieron los fariseos ante la predicación de nuestro Señor Jesucristo.