sábado, 23 de octubre de 2010

CUANDO EL HEDOR NOS ACUSA INEVITABLEMENTE


CUANDO EL HEDOR NOS ACUSA INEVITABLEMENTE
© 2010. Pedro Jaramillo C., Ministerios Renacer.

Recuerdo, como anécdota que, hubo una familia de clase media que como una manera de ayudarme, me llamaba a limpiarles su jardín y su patio todas las semanas y, a cambio, me regalaban ropas en buen estado, me sentaban a su mesa, y me permitían estar en su casa y ser amigo de su hijo llamado Carlos Germán, al cual llamábamos todos cariñosamente Camán. Yo tendría unos doce años de edad, generalmente andaba descalzo, pero desde hace un tiempo usaba unas zapatillas blancas de loneta que ellos mismos me habían regalado y que me sacaba solamente para dormir. Eran mi posesión que más valoraba.
Bueno, en realidad estas zapatillas eran las únicas que yo poseía para cubrir mis pies, ya que los zapatos que las precedieron tuvieron que ir a dar a la basura, ya que el hoyo que tenían bajo la zuela ya no tenía más espacio para crecer, y los cartones que yo les ponía para evitar la entrada de tierra (y en ocasiones agua), tendían a salirse por todos lados debido a que no eran capaces de cubrir un hoyo tan grande.

Sucedió un día que la dueña de casa, la tía Tila, su esposo, don Carlos, Pablo, el hermano de Camán, él y yo, invitado a su mesa, compartíamos una once. La casa, a orillas del mar gozaba de una brisa marina muy fresca, pero aquella tarde algo enrarecía el ambiente. La tía Tila fue la primera en arriscar la nariz, llamando la atención de don Carlos y los demás. Hipócritamente, lo reconozco, yo también lo hacía, hasta nos dimos una vuelta por el patio oliscando, pues pensábamos que el mar habría varado cerca de la orilla algún lobo marino muerto. Vueltos a la mesa, apretaba un pié con el otro, pues yo mismo me había dado cuenta de que el olor tan apestoso procedía de mis zapatillas de lona. Y aunque el hecho me avergonzó un poco, al rato seguimos comiendo y todo se olvidó, hasta yo olvidé el incidente.

Es que sin siquiera calcetines para abrigar los pies, mis zapatillas ya eran de un color mas bien oscuro que blanco. El uso constante las había convertido poco menos que en un estercolero andante, debido a la continua transpiración y uso.

La Palabra de Dios señala: “Pr. 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia.”

Siempre viene a mi recuerdo esta anécdota, principalmente mi actitud infantil (e inútil), de tratar de evitar que saliera el mal olor de entre mis pies cubriendo uno con el otro. En realidad era como tratar de tapar el sol con un dedo, como dicen por ahí.

Algo parecido sucede con las personas que se habitúan a pecar. Es como cuando el hombre se habitúa a beber, señala la Escritura que: “Entrase suavemente…”(Pro 23:31, 32) .

El pecado, cuando es habitual produce costumbre, y a la persona le es natural vivir en esa condición. Muchos cristianos, después de haber conocido al Señor, comienzan a caer en faltas a las cuales no dan importancia. Al pasar del tiempo, es tal la costumbre ya, que no se han dado cuenta de que sus pequeñas faltas ya no lo son tanto, sino que han crecido hasta convertirse en pecados habituales y desagradables no solamente para Dios nuestro Señor, sino también para las personas que le rodean, quienes ya han captado el mal olor que desprende su conducta.

Es allí, cuando se ven captados y desaprobados, inútilmente tratan de cubrir su naturaleza pecaminosa con un manto de religiosidad, y hasta con activismo, tratando de estar en todas para dar una impresión diferente de lo que en realidad son.

Inútil será esto, pues el mal olor ya ha comenzado a salir. Es que se ha acumulado tal cantidad de podredumbre en sus corazones que ya no pueden evitar que la misma naturaleza de sus actos y manera de vivir sea captada a lo lejos, aún cuando ellos pretendan hacerse creer a sí mismos que todo está normal, aunque sus conciencias les hagan ver en su interior que no todo está correcto. Según señala la Escritura en 1Jn 3:20 “Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”, no podemos engañarnos a nosotros mismos en lo interior, si bien en lo exterior recurrimos a hipocresías para tratar de tapar un pié con el otro para tratar de impedir inútilmente que no salga el mal olor en determinados momentos.

Pero la solución está a la mano, Ecl 9:4 “Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos, pues mejor es perro vivo que león muerto”, da un atisbo de esperanza, pero no basta solamente esperar en la esperanza, si es que se entiende el juego de palabras, lo interesante es conocer la naturaleza de Dios y acatar Su voluntad, que en una parte señala que Él no quiere “que ninguno perezca”. Pero esta intención divina no se queda solamente allí, sino que añade: “sino que todos procedan al arrepentimiento”. Taxativamente lo escribe el Apóstol Pedro, inspirado por el Espíritu Santo en 2Pe 3:9 “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Y es este proceder al arrepentimiento lo que Dios espera de nosotros cuando estamos en alguna falta en su presencia, ni siquiera esperar a estar en una condición de extrema miseria espiritual para hacerlo, pues debemos tener clarísimo que no hay hombre que no peque, pero ello no es una premisa para hacerlo deliberadamente. De otra manera la Escritura no diría lo que mencionamos al principio de este artículo: “Pr. 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia.”

Tenemos entonces que si bien la naturaleza del hombre es inclinada al mal, el requisito del Señor para andar en comunión con Él, es confesar los pecados, y apartarse de ellos, ambas cosas para poder alcanzar misericordia.

No nos convirtamos en unos religiosos que pretendan tener el nombre de Dios como una muletilla a la cual recurrir solamente cuando nos convenga. O solamente cuando es fin de año, o semana Santa, o el día de la Biblia tal vez.

Deu 10:17 “Porque Jehová, vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni recibe sobornos”.

Sal 76:7 “¡Temible eres tú! ¿Quién podrá estar en pie delante de ti cuando se encienda tu ira? “.

Bendiciones en el Señor.

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