sábado, 23 de octubre de 2010

CUANDO LOS CUERVOS VIENEN A NOSOTROS EN LA ESCASEZ.


CUANDO LOS CUERVOS VIENEN A NOSOTROS EN LA ESCASEZ.
© Pedro Jaramillo, Ministerios Renacer. 2010.

Corría el año 1989 aproximadamente. Una lesión a mi columna, dos vértebras desgastadas, me tenían agobiado. En ese tiempo yo pensaba que era un lumbago, pues al no poder trabajar, no podía hacerme tratamiento, mientras el doctor de la ciudad cuando me atendió solamente me indicó que lo viera en su consulta particular.

Era difícil tener para comer cada día, menos aún podría ver al doctor en forma particular. Además, debía sufrir las ironías de más de alguno que me señalaba que yo no tenía lumbago, sino un vago en mi espalda.

Fueron tiempos difíciles. Orábamos con mi esposa de cinco a seis de la mañana en el local de Rancagua rogando a Dios tuviera misericordia.

Un día después del culto, precisamente en ese local, mi esposa me pidió que tomásemos té antes de dormirnos. Le dije que era mejor no hacerlo, ya que nos quedaba solamente un poquito de azúcar, unas bolsitas de té y dos panes, y estaban destinados para el desayuno del día siguiente ya que yo no sabía si podríamos almorzar algo. Los otros pocos recursos que teníamos los destinaba a que no le faltara la leche a mi hija Lea, de tan solo un año de edad.

Mi esposa, América, insistió diciendo que deseaba tomar tecito ahora y que el Señor proveería para el día de mañana. Con todas las aprensiones y preocupaciones de mi parte tomamos tecito esa noche. El pan era sándwich de pan con pan. O sea, con la pura miga en su interior, sin embargo, mi esposa lo encontró riquísimo. Yo no lo aprecié tanto, ya que mi mente iba en todas direcciones tratando de saber cómo proveer el pan para el desayuno del día siguiente.

Al fin nos fuimos a la cama. Esa mañana me despertaron unos golpes a la puerta apenas rayaba el alba. Salí a abrir, mientras una persona que yo conocía muy poco, y con la que había comentado mi necesidad de encontrar algún trabajo aliviado para ganarme el sustento, estaba ante mí.

Mientras lo miraba extrañado, él me infundía aliento a que tuviera paciencia, en tanto yo lo miraba inquieto elucubrando qué haría en este nuevo día. Finalmente, me pidió que fuera a su casa cerca de las 11 de la mañana, y, al despedirse, puso en mis manos una bolsa que, al acercarla a mí, despidió un aroma a pan francés (Batido, le decimos en el norte), diciéndome: “Tome, el Señor le envía esto, recíbalo…”

Me quedé de una pieza, mientras lo veía alejarse y las lágrimas de gratitud a Dios fluían solas a mis mejillas.

Recordé mi incredulidad de la noche anterior. No sabía si salir a correr, gritar. Solo atiné a ponerme junto a mi esposa y decirle, avergonzado y en llanto: “Mira. Dios ha suplido nuestra necesidad…”

Sal. 68:19 ¡Bendito sea el Señor! ¡Cada día nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvación!

Y de qué manera. No solamente venía una gran cantidad de pan. También venía todo lo necesario para untar al pan, azúcar, té. Nuestros corazones se derretían en nosotros al ver el amor de Dios por nuestras vidas.

Posteriormente, cerca de la hora señalada, llegué a la casa de Manuel, así se llamaba esta persona, hijo de una hermana de otra congregación, pero él no servía al Señor. En su casa me habló de un trabajo que la verdad nunca llegó a ser realidad, pues entiendo que Dios solamente lo estaba usando en ese momento para suplir nuestra necesidad.

Luego de hablarme de sus proyectos, y al irme ya, me indicó una caja grande sobre su mesa y me dijo que era para mí y que debía llevármela a casa. No quise abrirla en el camino, pues ya entendía de qué se trataba. Una vez en casa, mi esposa comenzó a sacar una a una las cosas que sería nuestro sustento por bastantes días.

A veces pienso, ¿qué hubiera pasado si este amigo no hubiese hecho caso a la voz de Dios par a realizar lo que hizo? Muchos cristianos hemos sido desobedientes a Dios de distintas maneras en nuestro caminar en el evangelio. ¿A cuántas personas hemos dejado de bendecir por esa causa…?

Igualmente con Elías. No llegaron codornices, sino cuervos a sustentarle. Dios envió unas aves que no eran bienvenidas en los campos por el hecho de causar perjuicios a la cosecha, ¿no sería más glorioso para muchos de nosotros el ser usados por Dios para bendecir a los demás…?

¿O será que estamos sordos a la voz de Dios…?, ¿O será que estamos ciegos para ver la necesidad de nuestro hermano que camina en silencio con dificultades económicas a nuestro lado, sufriendo necesidades él y su familia, sin que a nosotros no se nos dé nada…?

Pasados más de 20 años ya, aún bendigo a Dios mi Señor y Salvador por habernos provisto en aquella ocasión, cuando más lo necesitábamos, y cuando ningún hermano ni amigo estaba cerca para darse cuenta de nuestra necesidad, salvo mi amada y recordada hermana Clarisa, quien descansa feliz y gozosa en la Presencia de nuestro Amado, tal vez orando y danzando como solía hacerlo aquí, incomodando a más de alguno.

¡Gracias sean dadas a Dios por sus bondades…!

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