sábado, 23 de octubre de 2010

CUANDO SENTIMOS EL VERDADERO LLAMADO DE DIOS.


CUANDO SENTIMOS EL VERDADERO LLAMADO DE DIOS.
© 2010. Pedro Jaramillo C., Ministerios Renacer.

En un mundo en el que los hombres desean todos ser líderes, impregnados de ese espíritu de competitividad heredado de la economía de mercado, la cual ha traspasado ya los límites de los negocios para enquistarse en todas las esferas de la vida cotidiana, no escapa a la influencia de los tales una parte de la Iglesia.

En verdad, muchos hombres que se congregan en las Iglesias cristianas creen tener una visión más clara y completa de quienes pastorean la Obra, porque traen una visión del mundo en cuanto a competitividad y deseo de crecimiento y desarrollo en base a la cultura de masas reflejada en las cosas del mundo.

Algunos, tal vez sin darse cuenta en un comienzo, han traído con ello no solamente secularismo al seno de la Iglesia del Señor, sino el mundo al interior de la misma.

El peor peligro de estas personas es cuando logran, después de un tiempo, y basados en el conocimiento y estudio teórico de la Palabra de Dios, llegar a pastorear congregaciones para imprimirles ese “sello” personal que tanto anhelan y que creen harán de las mismas unas Megaiglesias.

El orgullo personal, el deseo humano de ver metas cumplidas de esta manera se contraponen absolutamente con el evangelio y la Palabra de Dios.

Por otra parte, lo mismo sucede con aquellas Iglesias en las que sus pastores se han echado en sus asientos a mirar cómo asisten unas diez o doce personas, ancianos en su mayoría, a cantar alabanzas como si estuvieran dormidos de pié. Su pensamiento, generalmente, es que “son pocos, pero buenos”, con lo cual se dan respuesta a sí mismos para aplacar cualquier crítica a su falta de visión y de vida.

¿Cuáles son las cualidades para ser un pastor de almas?

El amor a Dios, como cosa principal, luego el amor a las almas. Nótese la reafirmación de esto mismo por el Señor, en Mar. 12:29- 31: “Jesús le respondió: –El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento. El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos”.

Estos dos mandamientos van interrelacionados de manera recíproca. Nadie puede decir que ama a Dios, al cual no ve, si aborrece a su prójimo con el cual debe convivir todos los días. Claramente el Señor enseña a amar aún a nuestros enemigos, o quienes nos aborrecen.

Nadie, tampoco, puede ser un filántropo, un hombre que ama a la humanidad, como suelen decir muchos hoy en día que abrazan filosofías como la Nueva era, y, a partir de ella, tendencias como Green Peace, u otras provenientes de la ONU u ONGs esparcidas por las naciones, echando a sus espaldas la Palabra del Señor, y todo lo relacionado con darle honor y reconocimiento a un Dios Creador y Soberano.

Ningún hombre en la carne puede llegar a comprender estas simples cosas, menos aún llegar a entender el pensamiento del Altísimo con respecto a las cosas de Su Reino. Por mucha buena voluntad, buenos proyectos, ideas de excelencia y buenos deseos que albergue en su corazón.

El Reino de Dios solamente lo entiende Él, en su eterna Omnisciencia, misericordia y amor.

Esto se debe a que en cada corazón, y en cada alma batallan distintos pensamientos, ideas, razonamientos, creencias, paradigmas, marcas indelebles causadas por las heridas de esta vida que no pueden ser curadas, tratadas, ni sanadas con sicoterapias ni técnicas humanas, sino solamente por la mano amorosa del Señor de toda vida, quien es el Único que puede llegar a los corazones, y transformarlos paulatinamente a la imagen y semejanza suya.

El hombre, por sabio que crea ser, ni siquiera sabe de aquellas cosas que batallan contra el alma, ni el cómo tratarlas. De hecho, nada ha funcionado en la sociedad contemporánea para dar solución a los problemas que aquejan a los individuos, y, por extensión a la humanidad entera, sencillamente porque no puede.

Es por ello que Dios ha llamado, a través de su Palabra pregonada por el Evangelio, a distintos hombres para llegar a proveerlos a través de su Santo Espíritu de dones ministeriales y de servicio apropiados a la tarea de la evangelización y pastoreo de las almas.

1Jn 3:2- 3: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”.

La adopción como hijos de Dios en Cristo.

La Palabra de Dios señala que los hombres están absolutamente perdidos sin Él, Rom 3:23 “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.

Entonces, la Obra de Dios para salvar lo que se había perdido y que era imposible recuperar por el hombre mismo, debido a su naturaleza pecaminosa tan arraigada en corazón, se lleva a cabo en la propia vida de Su hijo amado, Jesucristo, quien, de trascendencia eterna en sí mismo, vence al pecado y la muerte tomando nuestro lugar en la cruz, a la vista de todo el universo humano de todas las edades, y de toda hueste angelical, proclamando Su justicia y santidad de la cual hace partícipes por su divina gracia y misericordia a todo aquel que cree en Él de la salvación eterna obtenida por su sacrificio redentor.

Es aquí donde muchas personas son engañadas por los religiosos de este mundo, pues apropiados de la salvación de Cristo el Señor, a expensas de creer verdaderamente en Su Persona y entregarle su vida a Dios, en obediencia a su Palabra, prefieren vivir la misma vida disoluta que han vivido siempre, pero usando de comodín a Dios cuando les conviene.

Stg. 1:22 “Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”.

Solamente cuando entendemos esto, y comenzamos a vivir lo que señalábamos al comienzo: Mar. 12:29- 31: “Jesús le respondió: –El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento. El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos”, comprenderemos lo que es tratar de agradar a Dios porque lo amamos; el esforzarnos por entender Su voluntad para con nuestras vidas porque queremos obedecerle; y el sacrificar lo que fuere necesario para así agradarle, y servirle incondicionalmente..

Nos apropiaremos de las promesas de Su Palabra para obtener Consolación y Guía en el Espíritu, para que nos sean revelados los planes de Dios no solamente para nuestras vidas, sino para aquellos a quienes queremos bendecir con el Evangelio de Cristo el Señor, como está escrito: Jn. 16:12- 15: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber”.

Esto, si nos apropiamos de tales promesas hechas en Lc. 11:11- 13: “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

El Espíritu de Dios, que es el Consolador que vive y mora en nuestros corazones, apartándonos de toda especie de mal, enseñando a nuestros corazones acerca del Señor Dios Todopoderoso, y que, por medio de nuestra predicación ungida por su gracia atrae a los pecadores hacia sí para salvarles y redimirles, nos provee de las herramientas necesarias para llevar a cabo la Obra del Evangelio. Ef. 4:11- 13: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

De otro modo, no seríamos capaces de llevar a cabo tan magna obra en medio del mundo, especialmente debido a la oposición de fuerzas espirituales malignas, filosofías humanas e inclusive la persecución violenta, como la sangrienta persecución llevada a cabo por la Inquisición de la Iglesia Católica que hizo flagelar, atormentar cruelmente y matar a cerca de 60 millones de cristianos evangélicos o protestantes a través de la edad media y aún del renacimiento.

No seríamos capaces tampoco, de sobrellevar las cargas de los demás, de asistirles en sus necesidades espirituales, pobrezas, enfermedades y escasez sin la Guía y ayuda del Espíritu Santo. Ni de proveerles la enseñanza a tiempo y fuera de tiempo para su edificación, crecimiento y desarrollo como cristianos.

Esto es porque el evangelio no es una organización, ni una empresa del mundo, sino que es la Obra de Dios en medio de nosotros. Es su reino en la tierra, administrado desde el cielo mismo.

Por eso es que los ministros idóneos para representarle a Él en este mundo, deben ser, por lo tanto, escogidos por Dios.

No hay ninguna institución humana, llámese Universidad, Instituto, Seminario, ni nada que se le asemeje que pueda ocupar el lugar de Dios en la Constitución de verdaderos ministros del Evangelio, sino solamente Dios mismo en su sola potestad.

Cuando el hombre cuenta con el respaldo de Dios mismo, no importan ni la preparación académica que exige el mundo, ni el carisma de hombres deseosos de hacer cosas, sino el que Dios esté tras ese ministerio desde el principio.

Lo contrario será que su destino será el fracaso para aquello que se pretende. Si bien un “ministerio” puede existir, lo importante es que sea genuino. El saltarse la cruz, el estar lejos de la dirección del Espíritu Santo ha significado el surgimiento de muchos “seudo ministros” que van engañando a otros con la finalidad de enriquecerse o hacerse famosos a costa de los demás, o con el afán de trascender en la historia humana como guías ciegos. Razón tiene la Palabra de Dios cuando señala ”…ni el buscar la propia gloria es gloria…”

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