sábado, 17 de marzo de 2012

TIEMPOS PASADOS FUERON MEJORES

Preparémonos para salir al encuentro del Esposo.


Heb 12:12- 14 Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.


A propósito de la predicación del día de ayer en mi congregación, me puse a pensar de porqué el tiempo pasado fué mejor, pero el Señor me recordó que Su Palabra acusa mi falta de sabiduría al pensar así.

La razón es sencilla. Es un reproche a nuestra manera de enfrentar las cosas el día de hoy. Dios es inmutable. Y si nosotros creemos en Él, no debiera haber sombra de variación en nosotros tampoco, ya que Él vive en nuestras vidas, según nosotros mismos hablamos.

El Dios Todopoderoso es el mismo, ayer, hoy y por los siglos. Por lo tanto, si ayer fuimos cristianos fieles y hoy estamos en una situación espiritualmente precaria, tibia, o decididamente fría en relación a nuestra vida espiritual y compromiso con el Señor, es nuestra exclusiva responsabilidad y estamos siendo hallados réprobos delante de Su Presencia.

Por otro lado, para los menos, si ayer no llevaba una vida comprometida, sino que vivía una mera religión a pesar de congregarse en la Iglesia, y hoy ha decidido entregar su vida a Cristo, cansado de la vaciedad religiosa, ha ganado en beneficio propio, y puede decir lo contrario: que está mucho mejor ahora en el Señor que antes sin Él. Lo mismo que un pecador recién convertido de verdad.

Una señal clara de lo trágico de este asunto es que la misma Palabra de Dios señala:

Luc 17:34- 36 Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, y la otra dejada. Dos estarán en el campo; el uno será tomado, y el otro dejado.


Al igual que en la parábola de las diez vírgenes, (Mateo 25: 1- 13), en que cinco entrarán a las Bodas (del Cordero), y cinco se quedarán en las tinieblas de afuera a participar tristemente de los juicios que se avecinan rápidamente a este mundo.

Esto nos pone en alerta que debemos de poner de nuestra disposición, interés, esfuerzo, compromiso, fé y paciencia para estar en comunión y santidad para con el Señor en todo tiempo.

Sin santidad nadie verá al Señor...

En especial los jóvenes, pero también muchos adultos ya, la boca (y la escritura en internet, que sería lo mismo), expresa mucha grosería, palabras solapadamente sucias, expresiones mundanales llenas de carnalidad y lascivia. La santidad es pura retórica. Al igual que cualquier pecador ignorante de Dios, muchos hoy, profesando ser cristianos, ni conocen al Señor. Ni antes de ahora lo han conocido tampoco, de lo contrario sus corazones estarían estremeciéndose por el clamor del Espíritu que hoy llama a la Iglesia a prepararse para la Venida del Señor Jesucristo. Aún la naturaleza misma clama con voces de trompetas anunciando la aparición que, como ladrón en la noche, repentina e inesperadamente, verán solamente quienes escuchen la voz del Esposo.

El hecho es que muchos cristianos han dejado de vivir y practicar la santidad, transformándose en seudocristianos con un carácter pecaminoso y ruin. ¿Qué ha infuído en el pueblo de Dios para llegar a esta condición? Sin duda, la oración y, por medio de ella, la comunión con el Señor. Hemos abierto muchos el corazón al mundo, y, en el proceso, hemos sido arrastrados por él, adoptando sus costumbres y su manera de vivir. En lugar de traer a los pecadores a los pies del Señor Jesucristo, muchos de nosotros hemos caído de rodillas ante el mundo engañoso.

Otra vez vamos a comenzar...

Claro, y aunque parezca pesado, el tema está en porqué sucede esto. ¿Cuánto oramos...? Es la pregunta del millón. Con suerte algunos oran las dos o tres oraciones congregacionales de un minuto durante la realización del servicio, eso, si es que no tienen los ojos clavados en la hermanita centro de mesa vestida a la usanza del último grito de las faranduleras niñas de “calle siete”, o cuanto programa picaresco con escasa ropa y con nombre de “juvenil”, quien también finge orar con la mirada atenta a ver quién no le despega los ojos de encima. Los hermanitos, por otro lado, están más pendientes de si “alguien” notó ya qué clase de perfume se tiró encima para impresionar, o el relojazo que trae puesto, o la pinta de galán que irradia por donde pasa.

Luego, al llegar a casa tras el culto, a rendir pleitesía a la televisión. Renunciando a toda bendición recibida en el culto para cambiarla por los programas faranduleros y eroticones de la noche, cambiando así la gloria de Dios por la basura del mundo, y transformando el corazón cada día más en la mismísima imagen... del mundo. Después nos atrevemos a señalar que el servicio estuvo “frío”, y le echamos la culpa al pobre predicador de turno, en hipócrita expresión, sabiendo que aunque el predicador hubiese sido el mismo Elías Tisbita, aún así habríamos sentido la misma frialdad. Nuestros corazones no están llenos del Espíritu de Dios. Hemos puesto oído a otros espíritus y nos hemos hecho sordos a Aquel que puede cambiar y transformar nuestras vidas con su Poder.

Al acostarnos, nuestra oración no son más que palabras sin sentir, musitadas a la misma velocidad que nos dormimos, agotados de prestar atención a lo que el mundo nos ofrecía hasta que cesaron las transmisiones de la tele.

Ahora, si nos anotamos para la oración del sábado, nos demoramos todo lo posible para en lugar de orar una hora entera, esforzarnos para que sean solamente unos veinte minutos. Por eso llegamos en silencio. Pero en el silencio de ultratumba que reina en la casa de oración, el solo abrir la puerta para entrar es como una estruendosa fanfarria militar en ese lugar donde reina el silencio. Los pocos que llegaron también atrasados solo unos cinco a diez minutos antes están tan concentrados en “orar” que tienen la barbilla mojada y emiten sonidos guturales que algún atrevido y contumaz compararía con ronquidos, así de frentón.

Llegamos al culto de la noche y nos preguntamos “porqué no se siente” la Presencia del Señor en la reunión, como si, en lugar de tener a nuestro Señor Jesucristo en los corazones, como debiera ser, vamos a buscar alguna “emoción”. Tal vez si cantamos hasta el hartazgo un himno, y le damos duro a un mismo corito ene veces alguien llorará..., o bien, si algún hermano o hermana que realmente ha llegado a adorar a Dios con el Señor en sus vidas, expresan con sinceridad y libertad su alabanza y adoración al Altísimo, nos contagia y, para no ser menos, nos emocionamos con una espiritualidad prestada, y al final del culto nos vamos como llegamos. Por supuesto, la emoción del momento no cambia. Es solo eso: emoción. Sensual, de la carne.

Olvidamos que el Salmo señala:

Sal 100:4 Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre.

Esto es, con una disposición voluntaria, agradecida y personal de adorar a un Dios Todopoderoso lleno de gracia y misericordia, y de reunirse en comunión expresamente para bendecirle, porque mi espíritu se alegra en ser de Él, y de estar en Él.

¿Qué ha pasado con muchos de nosotros...?

A pesar de que aún nos ufanamos de ser fruto y parte del Avivamiento Pentecostal de 1909, y de recordar a aquellos santos varones y mujeres de Dios de antaño, nos hemos vuelto atrás y nos hemos convertido en aquella misma Iglesia que ellos dejaron para formar parte de una Iglesia espiritual y poderosa en el Espíritu de Dios. Estamos muchos de nosotros estancados. Paralizados. Semejantes a sepulcros blanqueados. Llenos de religión, de conocimiento humano y no bíblico. Contamos testimonios de otros, pues nosotros no tenemos nada que contar..., los muertos no hablan, lógico. Los agonizantes apenas mueven los labios.

Hoy miramos de lejos y tratamos de locos a aquellos que echan mano de la vida eterna en serio. No sea que el Espíritu de Dios los tome y me hable de mi estado espiritual, reprendiendo mi apostasía. ¡No. No me hablen cosas así. Necesito solo palabras halagüeñas...! Por ello, se esfuerzan por huir del Espíritu de Dios (como si eso fuese posible), aún en sus conversaciones, hablando solo de cosas vanales, no sea que alguno se ponga espiritual.

En estas condiciones ya no distinguimos entre lo bueno y lo malo. Entre lo santo y lo profano.

Eze 44:23 Y enseñarán a mi pueblo a hacer diferencia entre lo santo y lo profano, y les enseñarán a discernir entre lo limpio y lo no limpio.

Como sacerdocio santo, tenemos muchas responsabilidades y obligaciones. Entre ellas la más importante es enseñar la verdad sin acomodos. La Biblia es la Palabra de Dios revelada. Y el propósito de Dios al habérnosla revelado, es que conozcamos sus pensamientos y su voluntad para con nosotros y nuestra manera de vivir. Pero hay una manera correcta de entender las Escrituras, y no solamente leerlas, y es hacerlo en oración, buscando la dirección del Señor y la gracia para entenderla, aplicarla en nuestras vidas y así enseñarla.

El problema es que ya no hay oración...

Sin oración ni espiritualidad verdadera, no hay comprensión ni asimilación de ella.Sin oración no hay comunión. No hay lazos entre la criatura y el Creador, pues ella es la voz del Señor para nosotros.

En estas condiciones, si antes fuimos pecadores y un día nos “convertimos” al Señor, en lo que estamos convertidos ahora es en impíos. Por otro lado, si nuestra “experiencia cristiana” es el haber nacido como hijos de cristianos, entonces somos unos simples y religiosos pecadores, como cualquier idólatra en el mundo, no conocemos al Señor.

Es por eso que buena parte de la Iglesia no tiene poder. Muchos de nosotros, con convicciones humanas atraemos gente a a nuestras congregaciones, pero no podemos transmitirles lo que no tenemos, sino solo religión, haciendo de ellos una copia de nosotros mismos y no personas nacidas de nuevo por el poder del Espíritu Santo en sus vidas.

Es por eso que la Iglesia ha sido infiltrada por el mundo. Hoy es posible hallar cristianos que hablan más de política que de la grandeza del Señor. Y de ciegos fanatismos deportivos antes que cristianos consagrados al Altísimo en espíritu y en verdad. O adoradores de artistas y cantantes arrastrados de vicios, sumidos en las drogas y la vanalidad de este mundo, antes que de un Señor y Salvador como lo es nuestro Señor Jesucristo.

Por eso encontramos retrógados, amargados y fanáticos a nuestros ancianos y hermanos que nos instan a buscar al Señor de verdad, pues estando en la misma Iglesia, vivimos y consagramos al mundo nuestra existencia, contrariamente a lo que el Señor nos manifestara en su Palabra:”...Están en el mundo, pero no son del mundo”. Parafraseando esto último, diríamos:”Están en la Iglesia, pero no pertenecen a ella...”

Lam. 3:40, 41 Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová; Levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos;


Ose. 14:2 Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios.

© Pedro Elidio Jaramillo, Ministerios Renacer, 2012

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