martes, 16 de octubre de 2012

LOS HARAPOS INTERNOS DEL IMPÍO


LOS HARAPOS INTERNOS DEL IMPÍO

Apocalipsis 3:17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

En ocasiones, cuando caminamos por la calle y observamos a un infaltable mendigo harapiento, acude a nosotros ese sentimiento de conmiseración al contemplar tanta miseria.

El no tener, ni poseer nada, ni aún una vestimenta limpia para cubrirse, denotan lo miserable que puede llegar a ser un desposeído.

Nunca desearíamos para nosotros esa calidad de vida, ni mucho menos. Siempre nos orientaremos a poseer un buen trabajo que nos provea una buena vestimenta, una bonita casa, y un vehículo a nuestro gusto estacionado frente a la puerta.

Sin embargo, como aquellos mendigos harapientos que lamentablemente en algunos lugares ya forman parte del paisaje, muchos de nosotros hemos adquirido una miseria espiritual de tal magnitud, que ni la vestimenta más exquisita puede ocultar, y ni aún las más vastas y ricas posesiones encubrir.

Es que Dios Todopoderoso, conocedor del corazón humano, señala: Jeremías 17:9, 10: Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.”

No debemos olvidar que el Espíritu de Dios todo lo escudriña, y que serán vanos todos los intentos humanos por tratar de demostrar espiritualidad, careciendo totalmente de ella.

Conocí a un varón, hoy en el mundo y lejos de Dios, que se esforzaba por aparentar espiritualidad sin poseerla. Creyéndose superior a los demás por ello, hacía críticas descarnadas de los jóvenes de la Iglesia. Tenía la costumbre de saludar a los jóvenes con un altanero: “¿Y usted, cuándo se vá a convertir...?”

Como es natural, su presencia no era muy anhelada entre los jóvenes, pues llegaba a ser como un duro capataz inquisidor. Finalmente, cuando se inquirió de él, toda su pretendida espiritualidad se volvió niebla esparcida por el viento. Nunca volvió.

¿Cuándo vestimos harapos en nuestras vidas...?

Colosenses 3:12- 17 Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

La impiedad es una forma harapienta de vivir delante de Dios negando todo lo expuesto en los versículos precedentes. En lugar de entrañable misericordia, hay egoísmo a cualquier costo; En lugar de benignidad sólo existe el mal deseo para el prójimo; En lugar de humildad, hay orgullo personal, familiar, material, clasista; En lugar de mansedumbre está sólo el deseo de vengarse con violencia a la menor provocación; En lugar de paciencia solo existe lo inmediato y el desprecio por aquellos que no entienden lo mismo; En lugar de soportarse y perdonarse mutuamente, está el herir con el puño inicuamente y aborrecer al prójimo. No hay perdón, no hay amor, no hay paz... Es común que antes de celebrar la Santa Cena haya un cúmulo de “reconciliaciones” falsas e impelidas por las circunstancias y las apariencias para no quedarse ante los demás como culpable. No existe el vínculo del amor entre muchos.

La paz de Dios no gobierna en sus corazones, pues arden de envidia, anhelan puestos y no el servicio desinteresado, adquieren técnicas humanas para expresarse bien en oratoria, pero cuando hablan, el Espíritu de Dios no habla por ellos. No son agradecidos, y si lo hacen, es solo ruido externo, siempre desean tener más, y mejor que el de al lado, pues no buscan lo necesario para vivir, sino viven para ostentar.

La Palabra de Dios no mora en ellos. Cada vez que son invitados a dar gracias, sólo hablan de sus posesiones, de sus trabajos, ascensos, y halagos que les hacen los hombres, y no se acuerdan de glorificar a Dios más que falsamente, al terminar de ostentar sus logros personales. No hay testimonios que glorifiquen a Dios. Nunca aprenden algo nuevo. Nunca Dios les habla. Para eso están los profetas.

No saben lo que son los cánticos e himnos y salmos..., sólo repiten a los artistas impíos que nos han invadido con apariencia de piedad, pero que la gran mayoría de ellos son solamente instrumentos de Satanás para arrastrar a nuestros jóvenes hacia lo que no aprovecha, y a la idolatría y el culto hacia ellos mismos.

El Señor Jesús ya no mora en sus labios, sino sólo un Jesús, así a secas. Como el Lucho, o el José, o la Rosa..., no distinguen que están hablando del Rey de la Gloria, Aquél que nos ha redimido de las tinieblas a su luz Admirable.

¿De qué estás vestido tú, querido hermano...?

© Pedro Elidio Jaramillo Carreño

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