domingo, 14 de octubre de 2012

TESTIMONIO PERSONAL


TESTIMONIO PERSONAL

Soy el hijo mayor del matrimonio formado por mi padre, Diógenes, y mi madre, Juana. Después de mí siguen Jorge (Q.E.P.D.), María, Carolina y Rossana.

El año 1970 nos abandonó nuestra madre, llevándose a mi hermana María con ella, quedando yo junto a mis otros tres hermanos de los cuales debí hacerme cargo mientras mi padre trabajaba. El año 1973, el primer día del año, mi padre trajo a una mujer desconocida al hogar. Ella llegó engañada, sin saber que aquel varón tenía a su cargo cuatro hijos. Al breve tiempo, mi hermano Jorge y yo, ya conocíamos lo que era dormir en la calle, pasar interminables días sin comer. Conocimos los cartones para tapar los hoyos de la zuela del zapato, o simplemente, el andar descalzos, cosa que con nuestra madre nunca habíamos vivido. En casa quedaron nuestras dos hermanas con muy escasos recursos, ya que aquella mujer tenía un hijo también en el sur de Chile, a quien le desviaba recursos, distribuyendo lo que había en casa en porciones exactas guardadas bajo llave y candado en un ropero habilitado para tal efecto. Lo único que hacía la diferencia con la calle era que en casa se comía algo caliente y se dormía abrigado, en la calidad del alimento, nos alimentábamos mejor en la escuela de lunes a viernes. En ese tiempo vivíamos en Arica, hasta donde mi padre, oriundo de Valdivia, nos había llevado por razones de trabajo. Al poco tiempo se marchó al sur (Puerto Montt, creo), con mi hermano Jorge y mis dos hermanas. A mí me dejó abandonado en Arica, donde me acogió un tiempo una buena familia, luego de lo cual viajé a Loncoche donde un tío hermano de mi padre, auxiliar de una escuela allí. Bueno, yo pasé a ser su “ayudante oficial”. Era su manera de cobrarme el hacerse cargo de mí, me hacía levantar a las cinco de la mañana lloviera o tronara, para ir a hacerle el trabajo por el que le pagaban a él. Pero eso duró un año, al cabo del cual me fuí a Santiago. Allí le rogué a una tía, hermana de mi padre, que me dejara dormir en el garage de su casa (tenía dos casas pareadas), y no quiso.

Apenas un muchacho supe lo que era dormir sobre cartones, trabajar en las chacras de Maipú, la Farfana y Rinconada, en la Vega Central y Lo Valledor descargando camiones con productos de la zona, bebiendo licor y fumando mucho para capear la inclemencia de la lluvia y del frío que no son impedimento para que se trabaje en las chacras para la provisión de hortalizas de la capital. Una familia chacarera se había hecho cargo de mí por un tiempo, luego del cual, ya aprendido el oficio, apareció mi padre proveniente desde el sur, y de todos los lugares posibles de la capital donde hubiese podido llegar, se vino a vivir a tres cuadras de donde yo estaba. Fué impresionante el día en que nos encontramos a boca de jarro an la calle. Mi padre corrió a abrazarme como si nos hubiésemos dejado de ver hace unos días y nada hubiera pasado entremedio de eso, y yo deseando que la tierra me tragara. No podía olvidar que me abandonó sin más y ahora lo tenía frente a mí emocionado. Habló con las personas donde yo estaba, ellos tenían un almacén de abarrotes, le dieron crédito para ayudarle, y yo comencé a ayudarle con lo que ganaba. Venía del sur en bancarrota, pero era mi padre, y al final me puse las pilas para ayudar a mis hermanos. Al cabo de un tiempo trajo a mis hermanos. Jorge me contó que mis hermanas vivían en casa, pero que la señora de mi padre lo echó nuevamente a la calle a él, y vivía como indigente en Puerto Montt. Tuvieron que ir a buscarle por las calles para traerlo a Santiago.

No duró mucho el amor. Un día esta mujer mientras golpeaba a una de mis hermanas, le enrostré que no debía hacerlo. Me acusó con mi padre, quien, una vez llegado de su trabajo, me persiguió con una navaja y tuve que huir. Mi padre no era un delincuente, pero sí era muy violento e irascible, al menos lo fué con Jorge y conmigo, que éramos los mayores. A nosotros nos daba con un cable eléctrico como de un centímetro de diámetro, y no nos soltaba hasta que sólo hipábamos, pues ya no nos salía ni el llanto. Ahora sin nada, sin casa, sin ropa, debí dormir un tiempo en un camión abandonado en la calle. Tras pasar un crudo invierno, en ocasiones mojado entero y con los dedos de los pies morados de frío, decidí irme al norte. Quería vivir allí cuando me tocara el tiempo de mi servicio militar. Llegué a Antofagasta donde encontré trabajo en un parque de entretenimientos llamado “Blue Star” donde estaba a cargo de los “Monos Porfiados”. Las chiquillas sacaban premio a cada rato, solo me metían conversa y yo caía redondito y me ponía generoso con los premios. Así llegué a la población Chango López de Antofagasta. Allí conocí al “Negro Martínez”, un delincuente que me adoptó como una especie de lugarteniente/perkins/aprendiz. Al cabo del tiempo peleé hasta con el Negro y me fuí a otra población parecida ya que pensaba yo que el día menos pensado me podían matar, y yo me quería mucho, así llegué a la Lautaro. Fué como salir del fuego y caer en las brasas. Allí también me encontré con gente fiera y de malas costumbres, aunque aún no proliferaba el tráfico de drogas como hoy en día. Eran tiempos de famosas pandillas, los Pulgas, los Robert Taylor, y otros... No me gusta entrar en detalles en las cosas que me tocó vivir, pero fueron bien feas, y no era lo que yo deseaba para una forma de vida permanente.

MI AMIGO JULIO QUIEN ME ACERCÓ A DIOS PRIMERO

Al cabo de un tiempo, para apartarme de allí me fuí a dormir al Ejército de Salvación, donde se pagaban camas bien baratas para pasar la noche. Durante el día me ganaba la vida encerando casas, limpiando patios, o pidiendo monedas cuando no me quedaba otra. Es así que un día me ofrecieron el puesto de aseador (camarero), en ese lugar donde yo dormía. Allí conocí a un entrañable amigo, Julio Mostafá Páez, en quien no solo encontré amistad, sino también la imagen de un padre que tanto me hacía falta. Para mí este hombre fué un remanso de paz y un catalizador para mi vida. Él me llevó a los cultos que se realizaban en el Ejército de Salvación los días Domingo. Si hasta me gustaba andar cantando con ellos cuando iban a predicar a una placita cercana. Un Domingo, la Mayora (pastora), me llamó desde adelante y me invitó a pasar para que aceptara al Señor y me enviaran a la Escuela de formación que ellos tienen. No sé de dónde saqué la voz (yo era muy tímido), y le dije que no. Que cuando yo deseara realmente aceptar al Señor, no sería necesario que nadie me invitara, iría yo solo. ¡Qué lejos estaba yo de imaginar que el Señor me estaba haciendo que me profetizara a mí mismo...!

Luego llegó el tiempo de mi servicio militar, y ya no volví a recuperar mi trabajo anterior. Ya no regresé a los cultos del Ejército de Salvación. Me hice de nuevos amigos, aunque nunca perdí el contacto con mi amigo Julio. Tras un tiempo, quise conocer la minería.

LA RED YA ESTABA TIRADA PARA MI VIDA

Corría el año 1983 y, en el sector de la pequeña minería de las 2da y 3ra Regiones del norte de Chile deambulaba un joven Pedro Jaramillo aprendiendo el oficio de minero. Un oficio muy amplio, ya que un minero no solo debe saber realizar un disparo con explosivos en la dura roca para extraer el preciado metal, sino que también debe conocer cada tipo de metal, ya sea oro, plata, cobre, y cada uno de ellos en sus más diversas y prolíficas presentaciones dadas en la naturaleza.

Allí surgió un nuevo personaje llamado Tito Cortéz. A este hombre le dió con predicarme el evangelio a como diera lugar. Me fuí de la mina en Juncal, donde trabajaba con él, solo para hallar que él también había sido enviado al sector de Cachinales, donde llegué. De allí al tiempo se fué, y un día que me halle sin trabajo, se me ocurrió cobrarle la palabra (me ofreció ayudarme cuando yo quisiera), y lo busqué en Taltal. Al otro día estaba trabajando con él de Capataz, en una mina llamada “La Unión” que para mí era la gloria misma. Trabajaba de lunes a sábado. En las otras minas no se podía por la distancia y el aislamiento, y solo debíamos conformarnos con bajar cinco días por mes con una sed de beduino.Tenía aquí suple cada sábado en la tarde, y bajada a la ciudad que quedaba a 25 minutos de la mina, donde me esperaban las anheladas cervezas que para mí eran un elixir.

Me gustaba tanto ese trabajo, ya que cada sábado bajaba a beber y a pasarla bien en mis delitos y pecados que me cebé. Ahora quería bajar más seguido. El problema es que no había dinero. Entre sábado y domingo quedaba en bancarrota. Yo vivía en un hotel en Taltal, así es que entre el pago del hotel, la comida, lo que tomaba y lo que gastaba demás por hacerme el lindo, mis bolsillos no aguantaban. El lunes yo era un indigente con trabajo.

Yo fumaba como mínimo dos paquetes de cigarrillos al día, y no cualquiera, sino de los más fuertes. Los otros los hallaba dulces y no me satisfacían. Los habanos los aspiraba, cuando me conseguía alguno. Lo que pasa es que de niño recogía colillas a medio fumar del suelo, las juntaba y con mi hermano hacíamos pipas de caña para fumarlas. La concentración de nicotina en esos restos de tabaco resultó en que me hice adicto a la Nicotina. Yo no podía estar mucho tiempo sin fumar, me ponía violento y odioso. De hecho, a las seis de la mañana despertaba a fumarme el primero, antes de asearme para desayunar.

EL CUENTO DEL COLCHÓN Y EL CAZADOR CAZADO

Ese día miércoles 18 de Julio de 1984 yo no hallaba cómo obtener dinero. Tenía “sed”, deseos de bailar y pasarla bien, y me quedaban como dos cigarrillos. Me acordé del Loco Tito, como le decíamos al hermano Tito Cortéz, e inventé un cuento para hacer que me pasara dinero. Le dije que yo vendía un colchón que poseía muy bonito, ya que tenía un familiar enfermo al cual debía enviarle dinero. Me preguntó en qué dormiría yo, a lo que le respondí que yo tenía otro, mintiendo, pues era mi único colchón. Me puso como condición que se lo llevara a su casa esa tarde. Entre mí pensé -”¡Qué tacaño este hombre, si él se lo puede llevar en la camioneta”-, pero como ya estaba pactado el precio, me volví puras sonrisas.

Llegué ya atardeciendo a la casa del hermano Tito. Me hizo pasar a un pasillo, donde dejé el colchón. Pero en lugar de pagarme, me dijo que pasara a compartir con “nosotros”. Cuando pasé, de mala gana e impaciente, me dí cuenta de que los “nosotros” no eran más que hermanos evangélicos sentados a una mesa compartiendo un Estudio llamado algo así como “El engaño de la serpiente”. Con una cara bien sonriente que no reflejaba lo que realmente sentía, tuve que aguantarme todo el estudio. Una vez terminado, y pensando ya irme con mi dinero, me dice: -”Pero no te vayas aún, te invito a cenar y de allí ya puedes irte”.-, Mordiéndome la lengua dí un feliz -“ya, poh...”-, mientras el hermano Tito, entusiasmado más que político en parlamento, me predicaba la Palabra del Señor. A mí no me entraban balas. Yo solo tenía sed, y fastidio de las ganas de fumar. Terminada la cena, y con un hermano Tito inspirado y radiante que seguía dándole, creo que miré el reloj como treinta veces hasta que atraje su atención. Entonces fué a buscar el dinero, pero justo cuando iba a ponerlo en mi mano, me dijo con cara solemne:-”Mira (...sobrenombre ya olvidado...), este dinero que yo te estoy pasando el Señor me lo bendice, así es que mucho cuidado en lo que lo gastas...”-, a lo que retruqué con disimulada impaciencia e hipocresía: -”No se preocupe, don Tito, ya le dije que es para solucionar un problema”

EL MURO BLANCO CERRANDO EL PASO

Salí de casa del hermano Tito, y me encaminé directo a la calle principal para bajar al centro y comprar cigarrillos antes que nada. De repente me encuentro con un muro blanco y de unos tres metros de alto que cerraba la calle dejándola sin salida. Quedé boquiabierto. Nunca supe que existía ese muro. Molesto, tomé otra calle para buscar la calle principal, y lo único que hice fué dar una larga vuelta en U para quedar justo frente a la casa del hermano Tito, preguntándome qué hacía yo allí y cómo llegué. Esto sucedió dos veces calcadas. Luego me paré, miré al fondo de la calle de nuevo. No se veía ningún muro. Caminé derecho y encontré la calle que buscaba. Aunque fué curioso, le resté importancia. Compré cigarrillos, guardé en el vestón y en los calcetines como cuatro paquetes para que me duraran, luego me fuí a un restaurant. Las niñas de allí que me conocían se juntaron conmigo, ese día había pocos clientes. Luego me fuí a otro lugar para bailar. Curiosamente me senté a ver cómo bailaban otros y me parecían como gallinas saltando, no sé porqué, y me puse a pensar que yo también me vería así de ridículo. Miraba las botellas de licor cómo brillaban en los anaqueles, y me parecía todo tan raro. La dueña del lugar, una mujer muy bonita, se vino donde yo estaba y me invitó a bailar, pero yo ya no quería, así es que se fué a bailar con otros clientes encareciéndome que no me fuera y la esperara, y que si me aburría que la llamara. Yo pensé:-”¿De cuándo acá que soy tan irresistible...?”- De repente me dió por huir. Pagué la cuenta, dije que iba a fumarme un cigarrillo afuera y..., ¡Huí corriendo de ese lugar!

EL FOLLETO LLAMADO “EL CORAZÓN DEL HOMBRE”

Temprano ese día volví a la mina, y ya en la noche del Jueves 19 de Julio de 1984, echado en mi cama (solo el somier sin colchón), busqué algo para leer y no hallé más que un Folleto llamado “El Corazón del hombre”, que me había regalado el hermano Tito unos días antes. Busqué mis cigarrillos y me dí cuenta de que me quedaba uno solo, así es que decidí fumarlo lentamente y con fruición ya que no había más por esa noche, según yo pensaba. De repente, me dí cuenta de que lloraba. Mientras más leía las hojas del Folleto ese, más me daba cuenta de que yo era el hombre que tenía ese corazón. Caí esa noche de rodillas en mi pieza y, cansado de llorar, me dormí.

Al otro día, antes de tomar desayuno, cargábamos un camión (lo pagaban como trato extra), y en la rapidez del carguío, se me enreda la pala en el borde de una lata de la cancha de acopio. Me fuí de bruces, sin alcanzar a caer, y mientras lo hacía me vino a la mente una mala palabra..., allí quedé, avergonzado y mirando para todos lados, rojo de vergüenza. Sentía que estaba en el centro de un estadio lleno de gente y todos me miraban al oír lo que dije solo en mi pensamiento. Uno que cargaba junto a mí se me quedó mirando serio, y dijo:-”Oye, Jaramillo..., ¿qué te pasa que estás así...?”-, No sé qué cara tenía yo, pero hice un esfuerzo por calmarme y continué trabajando, mientras pensaba:-”¿Será que Dios me escuchó...? ¡No he fumado..., y no deseo hacerlo! ¿Dios hizo algo conmigo..., entonces Dios me ha escuchado...? ¡Voy a hablar con el hermano Tito para que me lleve a su Iglesia a la tarde...! ¡Quiero que me hablen de Dios...!”-. Más tarde desayuné y comencé mi jornada, para ese mediodía conversar con el hermano Tito. El tenía un lugar donde se iba a orar un rato después de almorzar, y allí leía la Biblia. Fuí para allá, le conté lo que me había pasado, y en la tarde me llevó para su casa y al culto. Fué el día más glorioso para mi vida. Ni me acuerdo lo que hablaron, lo único que sabía era que yo era de allí. Tras el culto, me invitó a cenar, pero ahora acepté con gusto, y al contrario de la vez anterior, solo era preguntas y más preguntas, las que el hermano Tito pacientemente respondía Biblia en mano. Ya tarde, decidí retirarme al Hotel Derby a pernoctar, y entonces el hermano Tito, dejó de lado su carita amorosa y me dijo:-”¡Por ningún motivo usted me sale de esta casa!; ¡El Señor Jesús me ha dado la responsabilidad de cuidarlo a usted, es un alma nueva en el Señor, así es que ahora nosotros somos su familia, y esta es su casa, mi hermano...!”-, en vano insistí, que no me gustaba incomodar, no hubo caso. -”Esta vá a ser su pieza”-, me señaló, y desde ese día volví a dormir en mi mismo colchón.

Mi querido hermano Tito, un hombre de ejemplos a seguir. Un varón que a las cinco de la mañana estaba clamando al Señor, tal como lo hiciera su pastor, un anciano iletrado e ignorante de la sabiduría del mundo, llamado José Archiles, pero poderoso en el Espíritu, quien luego fué mi pastor también, ya que él era el pastor de la Iglesia de Dios Pentecostal de Chañaral, y Taltal era circuito de esa Iglesia. Con aquellos dos varones ví milagros de poder, una resurrección, oraciones contestadas, vigilias de oración en el desierto, buenos ejemplos cristianos.

En una de esas vigilias en el cerro, como a las tres de la mañana, pasó junto a mí el Pastor de las Ovejas guiando su rebaño con una dulce voz, a la cual respondían muchas ovejas con balidos..., al salir el sol, busqué las huellas del Pastor y las ovejas en el suelo, y no había nada..., y yo hasta me había echo a un lado para que no tropezara alguna oveja conmigo, estando allí arrodillado...¡Cuánto contentó mi corazón el Señor en aquel día...!

UNA ORACION DE FE CONTESTADA DE FORMA PODEROSA

Para terminar, en una ocasión una hermana me señaló a unas personas como descarriados, y eso me dejó muy alarmado y temeroso. ¿Acaso los cristianos se podían perder...? Era una angustia que me embargaba de llegar a olvidarme del Señor y ser como esas personas, que no podía estar tranquilo. Aún trabajaba en la misma mina Unión, y un día, tras almorzar, me dirigí al lugar en que con mi hermano Tito teníamos la costumbre de ir a orar y leer un rato la Palabra de Dios antes de volver al trabajo. Ese día mi hermano Tito no subió, pues tenía cosas que hacer. En mi angustia, oré al Señor, diciendo:
-”Señor, tengo esto en mi corazón. Yo quiero ser un hijo de verdad. No quiero pasar un tiempo en el evangelio y recaer, pero yo conozco mi corazón que no es bueno, así es que quiero rogarte, Señor que tomes mi vida Tú, y Tú me disciplines y hagas lo necesario para que yo no me pierda, porque, ¿qué haría yo sin tí, Señor? Además, quiero ser útil en tu obra, úsame para servir. Te ruego me des una esposa que piense como yo y una familia que te sirvamos y seamos felices. Además, Señor, quiero pedirte si me puedes responder esta oración en el culto de esta noche, pues quiero saber que me escuchaste”- Mi confianza era que esa noche, al predicar, el hermano hablaría justo sobre lo que yo había pedido en la oración, y con eso me daría por respondido del Señor.

Esa tarde, al llegar a la Iglesia en Taltal desde la mina, había una visita proveniente de Antofagasta. Una vez en el culto y tras darle una oportunidad para hablar, nos contaba que un amigo le había dicho que en Taltal había mucho pelillo, que es un alga que él recolectaba, y se vino a ver. En Taltal no había nada de pelillo. Decepcionado, el hermano decía:-”En realidad, hermanos, yo pertenezco a otra Iglesia, no los conozco, pero decidí congregarme acá antes de volver a mi ciudad, no sé en qué estaba cuando decidí venir”-. De repente el hermano se pone a hablar en lenguas, tomado por el Espíritu, y me apuntaba con la mano. Por mi parte, mi corazón saltaba LITERALMENTE contra mi pecho, y yo ví retumbar mi pecho hacia afuera, mientras caía de rodillas llorando y diciendo:-”Señor, ¿qué pasa...? ¡No entiendo..., no entiendo...!”-, y estaba espantado, pero el Espíritu Santo ponía paz en mí al momento. Luego este hermano caminó hacia mí, sin dejar de apuntarme con su mano, el hermano Tito se puso a un costado mío y este hermano al otro. Los demás oían solo lenguas, pero mi hermano Tito y yo escuchamos en claro español lo siguiente:-”¡Hijo mío, yo he oído la oración que me has elevado hoy en la mina! ¡Yo te tomé y te escogí por hijo, y de mi mano nadie te arrebatará! ¡También yo te enseñaré, te corregiré y te disciplinaré, porque mío eres tú! ¡Yo te daré una esposa conforme a mi corazón, y a ambos los usaré como instrumentos en mis manos! ¡Además de eso, yo te hago hoy maestro de mi Palabra...!”-.

Hermano que oyes, yo era un mar de lágrimas ante la eterna gracia y misericordia del Dios Todopoderoso cuya voz me traspasaba entero. Hasta ese día yo era solo un joven con 8° año de enseñanza Básica, por lo que mi educación era precaria. Sin embargo, desde ese día se comenzó a manifestar el poder de Dios en mi vida, componiendo estudios, temas y artículos que han sido de ayuda no solo para mí mismo, sino para otros hermanos en su vida cristiana, he sido profesor de niños, jóvenes y adultos, y he compuesto casi trescientas canciones e himnos cristianos solo por esa Palabra y esa gracia que derramó en mi vida el don ministerial inmerecido que recibí del Señor. No han faltado los que me han mirado a mí, como si yo fuese un dechado de virtud, sin embargo, debo aclarar que todo lo que hay en mí lo ha puesto mi Señor y Salvador Jesucristo. Yo solo soy una simple herramienta o instrumento que desea que el Señor lo use como a Él le agrade. Es cierto que con los años he adquirido conocimiento, eso es inevitable con el paso del tiempo, pero todo éste va supeditado a la gracia de Dios en Cristo, mi Señor, a quien honro y bendigo. He evitado los Institutos y Seminarios pues no deseo alterar con técnicas, ni filosofías humanas la eficacia de la pura Palabra de Dios en mi vida, a menos que esto sea estrictamente necesario y por amor a la obra.

Hoy tengo mi educación secundaria completa, pero para el Señor eso no significa nada. Para Él lo más importante es la obediencia y la confianza ciega en su Santo Espíritu, que es quien nos guía a toda verdad y a toda justicia. Tampoco menosprecio la preparación, pero ésta debe ir separada de toda técnica y filosofía humana para poder ser efectiva en las vidas, pues la esencia de la Palabra de Dios consiste en ser una vida práctica, y no solamente retórica y teórica.

BUSCA A DIOS, LA CARIDAD COMIENZA POR CASA

¿Estás abatido en tu congregación, sin saber qué hacer...? ¿Hay pocos jóvenes...? Busca al Señor, quien puede darte poderosas herramientas para que sea tú mismo quien reúna a esos jóvenes que han de llegar, pues, ¿quién los entenderá mejor, sino un joven como ellos? Y lo mejor, un joven consagrado a Dios como tú puedes llegar a serlo.

Mira mi ejemplo, un ignorante. Usado por la poderosa mano de Dios, para avergonzar tal vez a los que creen ser sabios, pero confían más en su propia sabiduría que en el Señor que es quien la otorga. Y moriré ignorante, si el Señor no viene antes, pues el único Sabio y Admirable, es aquel Señor y Dios Todopoderoso a quien acudo en busca de inspiración y gracia cada vez que lo necesito, y nunca me ha defraudado.

Debo decir que tras estas cosas, y pasados tres años conocí a mi esposa, con la cual hemos tenido tres bellos hijos, cristianos, profesionales, y ya hemos cumplido en Junio de este año 25 años de matrimonio muy bendecidos por el Señor.

Hoy por hoy, sirvo a Dios en la Iglesia de Dios Pentecostal de la ciudad de Iquique, Chile, administrada por el rev. Zenón Aburto.

Al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien por su Espíritu Santo nos enseña, sea toda la honra gloria y alabanza.

Pedro Elidio Jaramillo Carreño

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