lunes, 22 de abril de 2013

¿EL ESPIRITU SANTO ES “OBEDIENTE”...?


¿EL ESPIRITU SANTO ES “OBEDIENTE”...?

Oseas 4:6 Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.

Los evangélicos, especialmente en Chile, han dado origen a una cultura popular propia. Esta cultura popular no necesariamente está estrictamente adherida a las Sagradas Escrituras, sino que vá por un camino paralelo en muchas ocasiones.

La misma consiste en un pensar, en consecuencia un hablar y expresar, y finalmente un accionar o actuar de acuerdo a esta cultura popular evangélica, por llamarla de algún modo. No lo sé, ni me consta que esto se repita en los diferentes países, especialmente latinoamericanos, donde la Iglesia evangélica ha crecido, se ha fortalecido y se ha desarrollado, pero en Chile es un hecho.

Es así que en ocasiones nos sorprendemos con la cantidad de cosas, ideas, o modo de pensar, y por lo tanto, de hablar, que sostienen algunos cristianos. Es una infinidad de cosas que se llegan a creer como ciertas, pero que no lo son.

Por poner un ejemplo como introducción al tema

Sin ir más allá, recuerdo que en una ocasión alguien me señaló respecto a una creencia suya contra la cual yo argumentaba bíblicamente, lo siguiente: “Yo así fuí enseñado, hermanito”.

Ya ni recuerdo qué punto discutíamos, pero recuerdo esa respuesta, la que he venido oyendo como un eco repetido por boca tras boca en el tiempo cuando se acaba el razonamiento. Cuando se acaban los argumentos, sencillamente se recurre al “yo así fuí enseñado, hermanito”, el cual a veces viene acompañado de un tonito arrogante, aparte de la ignorancia pura que trata de ocultar sin lograrlo.

El tema que nos convoca en este escrito

Pero un problema garrafal sucede con el concepto del orden en la Iglesia respecto al cual no puedo callar sencillamente. Al respecto, pareciera que la cita bíblica del comienzo estuviera fuera de contexto, pero realmente no lo está, por duro que suene la misma con respecto al tema que estamos tratando en el título, por la razón de que si hacemos una enseñanza en toda regla de cosas erradas, en la gran mayoría de los casos por ignorancia al entender mal lo que dice la Escritura, estamos cayendo casi en la blasfemia, si de hecho no nos es tomado en cuenta como tal.

Sucede que algunos cristiano evangélicos, especialmente los que somos fruto del Avivamiento Pentecostal de 1909, generalmente nos gozamos en las cosas del Espíritu, sea esto hablar en lenguas, algunos en danzas, en dones de profecía, principalmente, y agrego a esto la adoración y alabanza espontánea, entre muchas otras manifestaciones espirituales como dones, dones ministeriales, pero que no vienen al caso en este tema.

El asunto es que no ha faltado la ocasión en que estando el predicador exhortando el mensaje de la Palabra de Dios, ha surgido alguien danzando y hablando en lenguas, o profetizando, o adorando y alabando a Dios en alta voz en medio del sermón. Sin menoscabar en manera alguna estas manifestaciones espirituales, el tema es que el profeta mayor es el predicador, pues se supone que está siendo usado por el Espíritu Santo para hablar a la congregación. Sin embargo, he oído en distintas congregaciones, y a distintos hermanos expresar respecto a este tema, lo siguiente: “El Espíritu Santo es obediente, así que hay que hacer callar al hermano para que no interrumpa la predicación del sermón o 'mensaje'.” (como solemos llamarle). De allí a llegar a imponer las manos en ocasiones, para pretender calmar al que creemos que es el Espíritu Santo que mueve al hermano o hermana en cuestión.

¿Cuál es la confusión que tenemos?

Sencillamente, hermanos amados, que NO ES al Espíritu Santo al que debemos “ordenar callar”, aquietarse, o menguar, sino AL ESPÍRITU DEL HOMBRE O MUJER que grita o habla en voz alta.

¿Cómo Dios podría “ser obediente” a nosotros? ¿Cómo el Altísimo podría ser objeto de nuestro reproche? ¿Quién puso en nuestro corazón semejante y blasfema idea? ¿Cómo el Señor podría “equivocarse” y contradecirse a sí mismo interrumpiéndose mientras ministra el mensaje a la congregación?

Y hago estas declaraciones porque es un sentir COMÚN en la Iglesia evangélica el pretender creer que se está “controlando” al Espíritu de Dios. Y esto lo he oído de labios de pastores y hermanos, indistintamente.

1Co 14:37- 40 Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor. Mas el que ignora, ignore. Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; pero hágase todo decentemente y con orden.

Ciertamente, el orden en la congregación, para adorar a Dios debe ser una actividad realizada con orden pues estamos adorando al Dios Vivo. Esto no es un carnaval pagano.

Mas respecto a lo señalado, quiero decir que así como Eva culpó a la serpiente, y Adán a Eva, el hombre siempre busca endosar la responsabilidad a otros. Pero llegar a pensar siquiera que el Espíritu Santo nos toma enajenando nuestra voluntad como personas al punto de querer “ordenarle” al Señor lo que en realidad de debe pedir al hombre, o mujer, es una aberración escritural y doctrinal.

En la epístola a los Corintios, el Señor, por medio del apóstol Pablo, enseña respecto al orden en las manifestaciones espirituales, pero note en la Escritura la referencia al espíritu:

1Corintios 14:14-16 Porque si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto. ¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento. Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho.

Las palabras “mi espíritu ora”, “oraré con el espíritu”, “cantaré con el espíritu”, y, “si bendices sólo con el espíritu” NO SON EL NOMBRE PROPIO DEL ESPÍRITU SANTO, que comienza con letra mayúscula al escribirse, sino que es un sustantivo común para referirse genéricamente al “espíritu del hombre” que está en él, o ella.

Compare con el nombre Propio del Consolador, en este pasaje:
Lucas 11:13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

Y cada vez que la Escritura se refiere al Consolador, lo hace con su Nombre Propio de: Espíritu Santo. Claramente con mayúsculas. Contrariamente a esto, al referirse al espíritu del hombre lo hace como sustantivo común y no como nombre propio.

Una cosa distinta es que el Espíritu Santo viene a morar en nuestras vidas, si se lo pedimos y buscamos la santidad, pero Él es una Persona distinta a nuestro espíritu, por lo tanto, debemos aprender a diferenciar entre el glorioso y eterno Espíritu Santo, que es el sello de nuestra salvación, con nuestro propio espíritu, que es finalmente el que se goza de la Presencia de Dios en nuestras vidas.

Y el que nuestro espíritu no caiga en sí de gozo con esta gloriosa comunión con Dios en nuestras vidas, que el corazón desborda de algarabía espiritual indescriptible al tener la Presencia de Dios con nosotros, viles e indignos, no significa que hemos perdido el control de nosotros mismos, pues nuestro intelecto y voluntad siguen en nosotros incólumes.

Es nuestro espíritu el que se postra, es nuestro espíritu el que exterioriza, es nuestro espíritu el que arde ante la Presencia del Todopoderoso en nuestros corazones. Es NUESTRO espíritu, por lo tanto, al que debemos controlar, educar, enseñar, a fin de no convertirnos NOSOTROS en unos desordenados, pues esto no solo alejará al Espíritu de Dios de nosotros, contristándolo al culparlo a Él de algo que es de nuestra absoluta responsabilidad, sino que, si lo seguimos haciendo en pleno conocimiento de la verdad, estaremos cayendo peligrosamente en la blasfemia.

Mateo 12:36 Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.

Lo que expresamos con nuestros labios es lo que en realidad pensamos en nuestro interior. Por lo tanto, amados hermanos, si estas expresiones de referirse al Espíritu Santo como “obediente”, pensando en que nosotros como hombres podemos controlarle, enseñarle o corregirle, no es solamente la estupidez más grande de que podemos mencionar, sino una muestra de la más absoluta ignorancia de Dios en nuestras vidas.

Hermanos, esto no debe ser así, por lo tanto, si por ignorancia alguno ha caído en este común error, es tiempo de que se arrodille en sincera contricción ante el Altísimo, de lo contrario será tenido por un soberbio y un impío.

Efesios 4: 30 Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Deuteronomio 30:14 Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.

Es tiempo también de que nos demos cuenta de que entremedio de nuestras creencias hay una abundante cantidad de sincretismo religioso, esto es, ideas y filosofías antibíblicas acopladas al modo de pensar cristiano y que se dan como “autorizadas” por la Palabra de Dios, sin serlo, al contrario, al provenir del paganismo, son totalmente ajenas a las Escrituras.

¿El remedio? Dejar de ser un ignorante ilustrado. Sí, como me lee. Hoy en día nos hemos preocupado de prepararnos intelectualmente, de estudiar carreras técnicas y profesionales para no quedarnos atrás en cultura y status económico en esta vida, pero hemos olvidado lo más importante: Estudiar y conocer la Palabra de Dios, que es la única que puede darnos vida y luz para sacarnos de la oscuridad de la ignorancia espiritual.

Salmo 119:130- 133 La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples. Mi boca abrí y suspiré, Porque deseaba tus mandamientos. Mírame, y ten misericordia de mí, Como acostumbras con los que aman tu nombre. Ordena mis pasos con tu palabra, Y ninguna iniquidad se enseñoree de mí.


Como señala la porción bíblica del encabezado de este tema, el desechar el conocimiento de la Palabra de Dios, es desechar a Dios mismo que habla. Es hacer oídos sordos al Señor quien nos quiere enseñar y sacarnos de la ignorancia. El ignorante, por tanto, no será tenido por inocente, pues desoye a Dios deliberadamente. Hoy por hoy, no necesitamos levitas ni escribas que nos expliquen la Palabra de Dios. Todos sabemos leer, y el que no supiere hacerlo, puede pedir a cualquiera que le lea.

Nos sentimos sacerdotes del Nuevo Pacto, y mucho nos gusta identificarnos con: 1Pedro 2:9 Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

El problema es que los sacerdotes deben conocer la Ley de Dios, en este caso, la Ley de Cristo, pues “de lo que sabemos, hablamos, y de lo que hemos visto, testificamos”.

La bendición del Señor Jesucristo sea con todos aquellos que puedan comprender estas palabras.

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